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N323

N323

Por Francisco J. Cruz. Pasé incontables horas en coches viejos, de los que se negociaban entre mecánicos y reventaban por el camino para hacer cumplir el dicho que sentencia que en casa del herrero la cuchara es de palo.

En una época en la que el seguro no incluía la asistencia en carretera me tocó pasar mas de un rato haciendo puntería en los mojones y mas de una noche durmiendo acurrucado en el asiento de atrás, viendo los reflejos fugaces de las luces de otros coches o componiendo figuras con las estrellas a través de la ventanilla.

Viajé por carreteras que parecían tatuadas sobre el paisaje, dibujando cada curva y cada pendiente, salpicadas de bares de carretera al borde mismo del arcén y con las casas de los peones camineros, muchas de ellas en desuso ya por entonces, levantándose cada cierta distancia como vigilantes, disparando mi imaginación siempre dispuesta.

Después vinieron otras, cuando ya podía conducir por mi mismo, algunas de las cuales se fueron añadiendo a mi lista de caminos míticos por un motivo o por otro, pero supongo que el principio de todo fue lo que he contado. También debe ser el motivo que me impulsa a salirme de las autovías cuando viajo en moto y digo en moto porque cuando lo hago en coche normalmente no viajo,  me desplazo.

Una de ellas es la N323, me gusta volver a buscar sus restos y deslizarme por la estrecha cinta, unas veces asfaltada otras no,  que va quedando con el paso de los años.

Mientras la recorro me vuelven a la cabeza buena parte de las vivencias que permitieron que ese camino haya quedado en mi memoria.

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