África en la mirada 2009 (I): Conil – Rabat 3


Por Ankor Ramos.
Paisaje marroquí

Paisaje marroquí

Amanece sobre Conil mientras una suave y persistente lluvia moja sus verdes prados. Mientras preparamos los últimos pertrechos de la moto y de nuestro equipo la lluvia se torna más fuerte pero justo un poco antes de la salida y aunque el sol se niega a aparecer sobre las negras nubes, aquella fina lluvia deja prácticamente de existir.

Rumbo a Algeciras donde habremos de tomar el ferry que nos lleve a la otra orilla del Mediterráneo. La carretera mojada y los neumáticos de tacos no permiten muchas alegrías y en mi caso, con mi torpeza habitual, aún menos. Así que de este modo, con mucha precaución y despacio rodamos por una carretera
en la que hasta sus últimos tramos no encontraremos seca.

Dejó atrás lo vivido con mis amigos del lugar durante dos días de beatas procesiones, cañas y tapas al calor de la conversación más amena. Atrás quedan caños y salinas, islas y molinos de mareas, playas de fina arena blanca y levante. Todo ello para iniciar un viaje al sur, muy al sur.

Apenas una centena de kms nos separan desde el punto que nos ha de comunicar con Ceuta, cien kms de prados verdes y ganado abundante. Un café con leche y un bocata de manteca de cerdo serán suficiente energía para la empresa. La autovía termina algo más allá de Vejer de modo que la velocidad se reduce aún más, y un poco más en aquellos momentos que debemos vencer la orografía ascendiendo leves puertos allá donde el paisaje se encrespa convirtiendo las verdes lomas en riscos inaccesibles para la vegetación.

Alcanzamos una zona de valle conquistada por molinos de viento que como gigantes se elevan de la tierra, inertes ante la ausencia del viento que les ha da dar la vida. Tan sólo algunos consiguen apenas mover sus aspas animados por una suave brisa. Mientras en el campo que los circunda el ganado sigue afanado a su impertérrita tarea de rumiar cuanto haya a su paso.

Cruzamos Tarifa, tierra de surf donde la iconografía y denominación de cada negocio denota el deporte que se practica en el lugar por los provenientes de muchos puntos de Europa. La carretera se hace cuesta arriba para desde lo alto contemplar la ensenada dominada por la montaña de Tarik y mientas al otro lado se divisa África. Tras un corto paseo en ferry tocamos tierra en Ceuta.

Aquí habremos de cruzar la frontera con Marruecos. Todo un mundo enfrascado en una linea que separa mucho más que dos Estados, que separa formas de entender la vida y dos planteamientos culturales totalmente divergentes. La frontera se ordena por un caos que en esencia es la base de todo. Todo funciona pero desde el desorden mismo.

Vividores y busca vida se apelotonan, con anuencia de las fuerzas policiales, para intentar obtener una propina ejerciendo de improvisados gestores de aduanas. Al final, como siempre, es más sencillo entrar en el juego que intentar actuar a su margen. Ventanilla tras ventanilla y trámite tras trámite conseguimos situarnos al otro lado de la raya y emprender recorrido tierra
adentro.

Buscamos Tánger a través de una carretera que comienza a ascender por las sierras escarpadas, desnudas de toda vegetación donde el viento que cruza el Estrecho bate con tanta fuerza que en momentos parece querer quitarnos el control de nuestras motos. Desprendimientos y derrubios se acumulan en el margen de la carretera hasta convertirse en algunos puntos en parte misma de la calzada sin más remedio que ser cruzados.

A medida que nos acercamos al gran y flamante puerto de Tánger el tránsito de camiones se hace cada vez más intenso, lo que junto con el viento hace muy complicado rodar cómodamente y consigue ir sumando minutos y minutos de retraso de nuestro plan previsto. Una vez llegados al puerto la nueva autopista nos permite enlazarla y quitarnos un poco de encima toda la pesadez del tráfico. Nuestras motos y algún que otro camión son la única presencia motorizada en este nuevo tramo de vía que muestra una avance importante en
infraestructuras en Marruecos.

El paisaje poco se asemeja a lo que podríamos imaginar para este lugar del mundo. El invierno ha sido profuso en precipitaciones y la tierra lo agradece mostrando un verdor sin igual salpicado de vacas y ovejas por doquier. Nuestro tránsito por la autopista no es más que un modo de alcanzar un objetivo previsto pero resulta evidente que no aporta nada desde el punto de vista motero, las sensaciones son prácticamente nulas marchando de este modo.

Las paradas sólo valen para reponer algo de energías y en torno a un café y para repostar a moto. Las grandes rectas nos permiten echar la cabeza a un lado de tanto en tanto y observar lo que nos rodea, advertir la presencia sempiterna de personas en las cercanías de las carreteras marroquíes. Nunca he sabido para qué de su presencia en medio de la nada.

Bajo un cielo gris que barrunta a cada momento su intención de descargar el agua que portan sus nubes sobre nosotros de un momento a otro entramos en Rabat, tras dejar a nuestra espalda los campos verdes y los oueds rebosantes de agua. Vuelvo a experimentar antiguas sensaciones al estar con mi moto en una ciudad marroquí. Nuevamente el caos que se apodera de todo para crear un orden extraño para los que venimos de fuera pero que parece común y normal para los de aquí.

Extravagantes maniobras, giros inesperados, rotondas que se cruzan como mejor se puede sin que se oiga una bocina o una mala palabra por parte de nadie. Un lugar donde los peatones dan paso a los coches.

Rabat denota en seguida su carácter de capital, de centro importante de la política de este lugar con una presencia policial y militar mayor aún que la de otros lugares que hemos pasado. Tras recorrer sus caóticas calles y hacer de cada cruce una ruleta rusa alcanzamos la Mediná donde encontramos un alojamiento cutre pero barato donde las habitaciones no tienen baño y la ducha comunitaria también se encuentra en un piso superior.

Se hace obligado el paseo por la Mediná, por su zoco de callejuelas y tiendas de lo más variado. Perdidos entre una multitud que merodea cada uno de los miles de establecimientos que pueblan el interior de la ciudadela. Trajes de variada policromía, lentejuelas y brillantes que encandilan la vista desde los escaparates compartiendo espacio con las sobrias chilabas destinadas para ellos.
Mercerías que guarda bobinas de hilo que llegan hasta el techo. Zapateros, verduleros, carniceros, especies….y todo ello perfumado con el aroma de los puestos de comidas.

El paseo ayudará a abrir el apetito y entre tanta vuelta encontramos un lugar con una terraza a dos pisos de altura sobre la que se divisa un cruce de los callejones de la Mediná y una bella estampa de la ciudad de Rabat sobre a medida que cae la noche comienza a emerger, venciendo a las aún negras nubes una bella y radiante luna llena que deseo se convierta en una
premonición sobre nuestro éxito en este viaje.

Nos vemos en ruta…

Próxima entrega: Rabat – Agadir.
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