África en la mirada 2009 (II): Rabat – Agadir


Por Ankor Ramos.

Sin esperar a que sonara el despertador la luz del día nos ha hecho levantar. Amanece un día gris y un tanto fresco, muy poco adecuado para mi ropa de verano así que tendré que pasar un poco más de frío al menos hasta que la jornada vaya calentando.

Una vez todo colocado en cada moto desayunamos en una cafetería a un paso del Hotel, café con leche, repostería y jugo de naranja por el módico precio de 2,30€….los dos. Salimos de Rabat por la autopista en dirección a Casablanca y desde ahí a El-Jadida donde esta tiene fin. El paso por la autopista es cansino, monótono y sin más historia que el dolor de cervicales que produce ir todo el rato en la misma postura. No podemos ir a mucha velocidad para intentar que los neumáticos no se cuadren y tampoco por la disuasoria presencia de agentes de policía con radares cada pocos kms. Así que rodamos sobre los 90 kms/hora de velocidad media.

A partir de Casablanca el tráfico disminuye considerablemente y durante buenos tramos del recorrido las dos motos son los dos únicos vehículos presentes en la autopista. Al llegar a El-Jadida la autopista termina de modo que sólo quedan dos opciones de ir al sur: por la línea de costa siguiendo Oualidia y Safi o por la zona interior a través de Sidi Ismail, elegimos esta última porque consideramos que la carretera tiene mejores condiciones para ir a un mejor ritmo. Sin embargo un error en la salida de esta localidad nos hará tener que circular luego una treintena de kms en dirección oeste perdiendo un tiempo precioso y unos cuantos kms en dedicarlos bajar al sur.

A la salida de El-Jadida a la locura habitual del tráfico hay que sumarle la estampida de cientos de escolares tomando las calles al finalizar las clases, muchos de ellos a pie y otro buen montón en bicicleta que circulan en nuestro mismo sentido por la avenida o se cruzan de un lado a otro sin ningún miramiento. En este país no existe civismo alguno en cuanto a los usos de la circulación y no quiero ni pensar las cifras de atropellos que deben haber al cabo del año porque tienen que ser de espanto.

Apenas tenemos tiempo para paradas más allá de las necesarias para repostar las motos, hacer alguna que otra necesidad fisiológica y echar un buche de agua de vez en cuando. Se trata de recuperar la cifra de kms necesarios para cubrir el territorio que nos separa de la frontera senegalesa en el tiempo imprescindible, teniendo en cuenta que el retraso de ayer nos hará cargar un día más en nuestra ruta.

Atravesamos zonas rurales de mucha pobreza con puestos de todo tipo a pie de calle, suciedad y un fuerte hedor que lo impregna todo. Travesías a localidades en cuyas avenidas se estaciona de cualquier forma y lugar, los carriles se determinan por el número de vehículos, sean del tipo que sean, que circulan en paralelo. El humo de los camiones y de las guaguas se mezcla con el de los puestos de comidas generando un ambiente un tanto peculiar.

Hasta Talmest el paisaje es preponderantemente llano, grandes extensiones de terreno dedicadas al cultivo de cereales. Resulta curioso contemplar grandes máquinas cosechadoras compartiendo espacio con burros y mulos. Campos en que el amarillo del trigo a punto para la siega contrasta con el verde y la tierra de otros campos circundantes. Nuestro paso sirve de descanso para las sacrificadas espaldas de aquellos que siegan a hoz y que yerguen sus cuerpos quizás para comprobar la procedencia del ruido de nuestros motores.

En Talmest nos encontramos otro hecho que hará más lento nuestro paso, una carrera ciclista. Un evento con determinadas curiosidades, como casi todo por estos lares, en principio no hay más de media docena de corredores tras los que circulan un furgón, una ambulancia y un vehículo y dos motos policiales. El tráfico está cortado en sentido contrario y nosotros debemos ir a paso de ciclista detrás de toda la caravana.

Lo curioso empieza cuando uno de los furgones se coloca delante de los ciclistas para que estos aprovechen el rebufo y más tarde sin ningún tipo de cortapisa los “competidores” se agarran a diversas partes del mismo para continuar así durante kmls. Eso si, se sueltan tan pronto alcanzan las áreas habitadas donde son recibidos con banderitas y aplausos por los habitantes del lugar. Incluso nosotros seremos vitoreados y jaleados a nuestro paso, correspondiendo educadamente agitando nuestras manos a modo de saludo real. Al fin y al cabo, nuestro esfuerzo y el de aquellos ciclistas anda más o menos a la par.

Finalmente decidimos parar nuestra marcha. La carretera en este punto comienza a hacerse mas divertida con leves ascensos a las ondulaciones que presenta la orografía del lugar. No es un paisaje agreste en exceso pero forma un relieve de una gran belleza donde el cultivo predominante comienza a ser el olivo. Su fruto convertido en aceite es ofrecido por los lugareños instalados en el borde de la carretera.

Poco a poco el sol comienza a aproximarse al horizonte mientras apuramos el último esfuerzo para alcanzar la meta de Agadir. A partir de Tamri la carretera comienza otro ascenso que culmina en una montaña de roca y caliza desde la que se divisa una enorme llanura costera. Una estampa impresionante desde la que se observa el batiente de las olas. A partir de este punto la carretera continua pegada a la línea de costa de la que no se separará hasta llegar a Agadir.

Desde un alto en la carretera podemos fotografiar la ciudad cuando sus luces comienzan a encenderse tras el ocaso. Predomina el blanco en sus construcciones en contraste con el azul del mar y en primer plano el puerto infestado de barcos de pesca en altura.

Tras algunas consultas alcanzamos el hotel Petit Suede donde habremos de pecnoctar, céntrico pero un tanto alejado del bullicio turístico de modo que tomamos un taxi para acercarnos a la zona de la playa. Como ya es sabido el tráfico en Marruecos es ligeramente caótico pero para comprobarlo de verdad quizás la mejor experiencia puede ser ir en taxi. A pesar de lo vivido en la etapa en moto lo más anecdótico han sido, sin duda, los dos trayectos en taxi. El primero un Peugeot 205 que para ver los 450.000 kms de su odómetro el conductor tuvo que encender un mechero porque carecía de luz en el cuadro.

Nos llevó adelantando por la línea de estacionamiento y en dirección contraria en una vía de doble sentido con personas atravesando el paso para peatones, eso sin contar los giros en cualquier rotonda porque lo consideramos norma habitual. El segundo un Fiat Uno que cargaba doscientos mil kms más que el anterior y cuyo conductor se marcó un giro de 180º en medio de una avenida digno de enmarcar.

Agadir nos resulta muy turístico y fuera de la esencia que caracteriza Marruecos pero se nos convirtió en un punto de destino por las circunstancias del viaje.

 

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