África en la mirada (III): Agadir – Tarfaya


Por Ankor Ramos.

Empezamos la mañana con la reparación del cable de embrague de mi moto a manos de Marcos. Imagino que la exhaustiva revisión llevada a cabo en mi taller habitual no resultó tan exhaustiva como yo había pensado. Al finalizar la etapa de ayer empecé a notar raro el comportamiento del embrague y al comentarlo con Marcos, este se dio cuenta que el cable se encontraba apenas cogido por dos hilos a la maneta. Así que buena parte del madrugón se gastó en cambiar el cable dichoso.

Tras esta tarea nos damos un buen premio en forma de desayuno en la terraza del hotel desde la que se divisa una grato paisaje de Agadir. Una gaviota  nos brinda su compañía desde el otro lado de la baranda. La idea inicial era llegar a Laayoune pero por diversas circunstancias el fin de etapa hubo de producirse en la ciudad de Tarfaya, sita en el Cabo Juby a apenas unos 80 kms de Fuerteventura y a menos de 350 kms de mi casa en Güímar, paradojas de ser canario.

Salimos de Agadir con dirección sur por Aït Melloul por una avenida de dos carriles para cada sentido que se prolonga durante más de veinte kms. Hoy quizás haya algo menos de tráfico en la carretera pero somos testigos del habitual bullicio de cada salida y entrada a las grandes ciudades del país. El camino hacía Tiznit está plagado de poblaciones de poca entidad que se arriman a la carretera constituyendo casi únicamente toda su extensión. Casas de color salmón o rojizas, en su mayoría con soportales, con unas viseras en las ventanas y el color blanco para rodearlas y para alguna que otra filigrana de la fachada, el color de las puertas siempre será azul. Muchas de estas localidades, incluso las más grandes, carecen de acerado y tras el bordillo que delimita las carreteras se alinean las casas sobre la propia tierra. Fuera del orden marcado por la vía las casas se arremolinan sin orden ni concierto. El paisaje llano comienza a perder el verdor observado en latitudes más al norte y en los ueds ya es difícil encontrar algo de agua. Tras pasar Tiznit entramos en un valle de cultivo de olivos, amplio delimitado con kms de distancia entre sus paredes y la carretera recta hasta perderse en el horizonte o que termina en una leve curva que enlaza con otra interminable recta. Así hasta que comenzamos el ascenso de un pequeño puerto de algo más de mil metros de altura justo antes de llegar a Akhssass. Algunas curvas rompen la monotonía de las rectas a la vez que permiten mantener un ritmo alto.

Aquí las poblaciones suelen ser en forma de kasbah de color rojizo como la tierra que las circunda y con una muralla de adobe que delimita su terreno a modo de fuerte defensivo. Eso si, las puertas siguen siendo de color azul.

En Guelguim intentó repostar mi moto para poder afrontar el tramo hasta Tan Tan. Tres gasolineras del pueblo no tienen combustible, aparte de mostrar un abandono elocuente. En una de ellas nos encontramos unos cuantos lugareños que intentan convencernos que uno de ellos si tiene gasolina no se sabe bien donde y que nos la vende. Extraño comportamiento que da lugar a la desconfianza evidente por nuestra parte pero que forma parte de todo un teatro que tiene por finalidad embaucar a los incautos turistas del lugar. Por supuesto que ignoramos los intentos de estos actores a pesar de que siguen sumando actores a la obra con el papel perfectamente aprendido. Decidimos continuar y la jugada nos sale bien porque a escasos trescientos metros y ya en el desvío a Tan Tan pillamos gasolina.

Continuamos hasta Tan Tan donde nos detiene el primer control de la Gendarmerie Royale. Trato exquisito tras mi identificación como policía…buen rollito entre camaradas. Algunos minutos perdidos pero una educación y cortesía dignas de alabar. Ahora le toca a Marcos repostar su máquina, parada y fonda para tomar un café con leche y alguna galleta. Al salir del restaurante nos topamos con nuestros amigos del Club Gs España, Bruji, Jose María, Spyka y Frenchie que vienen de recorrer el interior del desierto y nos informan de como están las cosas de ese punto hacía del sur.

Incluso nos indican que el Frente Polisario habría efectuado alguna acción hostil contra las tropas marroquíes estacionadas en el Sáhara. Circunstancias estas que siempre pueden tener lugar en África y que forman parte de su innata inestabilidad. Comentamos como estamos sufriendo las inclemencias del tiempo, en especial con el viento que nos lleva azotando desde Guelmim y sobre todo en los altos. Nos advierten que lo pasado no es nada con lo que nos espera sufrir un poco más abajo…y a fe que tendrán razón. Frenchie me presta su chaqueta al verme tullido con la de verano que he traído yo al viaje y que ha quedado demostrado que no era la más habitual en estos momentos. Al parecer hace apenas unos días las temperaturas eran elevadas pero estas descendieron considerablemente en el fin de semana.

Tras los saludos y fotos de rigor continuamos hacía Tan Tan Plage donde la carretera se pega al mar para seguir juntos todo el trayecto y gran parte del viaje. El viento es cada vez más fuerte y a la arena que corretea por la pista se añade que en algunos puntos también nos alcanza la maresía de forma que las gafas de enduro se ensucian cada nada y me obligan a limpiarlas continuamente. El viento lleva tal fuerza que en momentos la conducción se hace ingobernable, especialmente con la virulencia de algunas rachas. Apenas hay tráfico pero adelantar un camión se convierte en una proeza con los rebufos que produce y los meneos que provoca en la moto. Cuando el camión viene de frente hay que tener precaución de que una racha nos lleve al sentido contrario donde el impacto podría ser mortal.

En ciertos lugares la altura de la duna a borde o ya dentro de la carretera supera los dos metros de altura. A pesar de todo, la carretera tiene puntos de exótica belleza, sobre todo los oueds de una anchura soberbia por donde el agua de la mar llena entra tierra adentro formando unos paisajes bellísimos en compañía de las dunas. La costa está formada por acantilados de roca caliza que dejan en algunos puntos, esas aberturas para que el océano se cuele por ellas como queriendo ganar aún más espacio.

Sobre los acantilados y a borde mismo de la orilla existen unas construcciones, algunas de las cuales no alcanzan siquiera esa categoría, donde extrañamente viven personas. Pescadores de la zona. Algunas de esas casetas tienen en su exterior placas solares e, incluso, antena parabólica. Cosas del mundo globalizado.

El viento continua como incómodo compañero de ruta, golpeando lateralmente de derecha a izquierda, es decir de mar a interior. Pasamos lugares que parecen sacados de una película de ciencia a ficción, pareciera que rodamos por otro planeta con un paisaje que pudiera ser la luna, mientras por el suelo corretea la arena movida al capricho de los vientos que la azotan. La arena corre de lado a lado de la carretera pero se va acumulando formando unos espigones que van ganando en altura según a medida que el viento las porta. Extremando precaución para cortar gas en cuanto prevemos que la arena puede tener altura en la carretera. Sin embargo, en un tramo me sorprende una acumulación de arena con no menos de 10-15 cms de altura sobre el suelo.

Intento cortar antes de que la rueda delantera entre en el bancal pero me resulta imposible, así que recorro unos cuatro metros hasta que la moto se me va de la rueda delantera y doy con mis huesos en la arena.

Como diría mi viejo: me quedé tirado como burro panza arriba, con una pierna aprisionada por la maleta y que pude sacar gracias a que Marcos levantó la moto y aunque la caída es sobre la arena la moto sufre algunos daños en el carenado que son arreglados pegando cinta mericana. Heridas de guerra que espero que sean las últimas del viaje.

La llegada luego a Tarfaya se hace insufrible e interminable. Desechada la idea de pernoctar en Laayoune parece como si Tarfaya hubiera desaparecido del mapa y no la encontráramos más. Nervioso, cansado y totalmente estresado por la dificultad de la ruta llegamos a destino. Un pueblo con una calle principal sobre la que se asientan algunos comercios y arena por todos lados, el viento que no ceja en su empeño de llenarlo todo de arena formando auténticas dunas en cada esquina. A la entrada el pueblo tiene un muro que intenta contener las arenas del desierto, tarea a todas luces infructuosa.

Nos quedamos en el Hotel Casamar donde nos atiende un canario, de Tenerife para más señas….el mundo que es un pañuelo.

Nos vemos en ruta…

África en la mirada (III): Agadir – Tarfaya
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