La Ruta Polaca (I): la etapa francesa.


Por Sergio Morchón.

853………. 854………. 855………. Los kilómetros avanzaban con una lentitud exasperante. En ese momento me preguntaba por qué extraña y estúpida razón el primer día de ruta me daba por planificar semejante kilometrada. Seguramente porque de las tres premisas olímpicas -más alto, más fuerte, más lejos- a mi siempre me ha gustado la última. Comenzaba a estar cansado y aún quedaban unos cincuenta kilómetros para acabar la jornada. Y entonces, se puso a llover.

Salir de Zaragoza le dio un aire nuevo a las rutas. A pesar de que los primeros setecientos kilómetros transcurrieron por autopista, los paisajes eran diferentes a las acostumbrados. Pudimos observar en Tudela los molinos de viento prácticamente aún dormidos mientras la escasa brisa les soplaba suavemente para despertarlos. Y al altivo Moncayo desperezándose entre la neblina matinal mientras enfilábamos ya el norte, camino de San Sebastián. Nos divertimos en una autopista loca que sorteaba como podía los montes vascos, siempre misteriosos.

Ya en Francia nos esperaban los viñedos de las ilustres zonas de Bordeaux y Cognac en miles de hileras verdes con los racimos ya madurándose al sol del verano. Y así transcurrió el día hasta llegar a La Rochelle. Su elegante puerto viejo se mostraba vivo y lleno de gente que paseaba entre las embarcaciones de recreo. Al fondo destacaban las dos enormes torres de piedra que vigilan desde hace siglos la entrada del muelle. Después de estirar un poco las piernas con un pequeño paseo, intentamos localizar la antigua base de submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Pudimos ver el edificio gris y envejecido desde lejos, pero fue imposible acercarse más debido a que las múltiples entradas al puerto comercial tenían el paso prohibido. Así que finalmente desistimos y nos adentramos en el cercano Marais Poitevin, una suerte de laberinto de canales donde las barcas a remo se adentran entre los bosques o cruzan los pequeños pueblecitos franceses.

Nos íbamos acercando a Nantes por carreteras locales, atravesando pequeñas localidades que parecían recién liberadas por las tropas aliadas: las casas con fachadas de piedra, persianas de colores y cientos de flores por todos lados. Esperaba que en cualquier momento apareciera un soldado americano alertándome de la presencia de un batallón alemán en las proximidades. El tañer de las campanas de las iglesias que tocaban lánguidamente las horas me sacó de mi fantasía. La séptima campanada nos indicaba que la primera tarde de agosto se estaba agotando. El cielo llevaba horas de un plomizo de esos que no presagia nada bueno, pero se mantenía sereno. Ya llevábamos muchos kilómetros y muchas horas como para poder disfrutar de los juegos de luces que provocaban diversos jirones en las nubes. De pronto se ponía a llover como salía el sol dejando un intenso color vede flúor en los campos de cereales, y un desenfadado amarillo en los de girasoles. Incluso se atrevió a salir algún tímido arco iris. Pero a Nantes parecía costarle llegar.

Curiosamente inicio todas las rutas con una gran kilometrada. Sí, la excusa es que estás descansado y todo eso. Pero ahora pienso en que existe otro motivo oculto. Las ganas de alejarse de casa. Las ganas de encontrarse con paisajes diferentes, extraños y sorprendentes lo antes posible. Las ganas de decir que ya estás lejos. Las ansias de aventura.

Podía oír mi respiración amplificada dentro del casco. Andando detrás de Belén, ambos vestidos de motorista y con el casco puesto deberíamos causar una interesante impresión a la gente que nos rodeaba. Pero lo cierto es que nadie nos miraba. No suelo andar así vestido, pero la ocasión lo requería. En ese momento la tormenta descargaba con mucha fuerza, y era la mejor manera de refugiarse de ella. Levanté la vista buscando algún sitio donde guarecernos, pero lo único que vi era hierba mojada. Una gran explanada de hierba con infinidad de cruces de mármol blanco puestas en línea con una precisión obsesiva. Estaba diluviando en el cementerio americano de Normandía.

Las obras nos impidieron salir de Nantes con rapidez. Una y otra vez jugábamos al gato y al ratón con los desvíos, que aparecían y desaparecían a la que menos te lo esperabas. Este juego del escondite nos permitió ver la catedral y el castillo, que la noche anterior se nos mostraron esquivos. Finalmente pudimos salir hacia Rennes por autovía. Y de allí hasta el Mont Saint Michel.

La abadía sigue ahí, como flotando en medio de la nada desde hace siglos. Los enormes parkings impedían acercarse al camino de acceso para tomar la pertinente foto, pero un escondido acceso a unas obras nos solucionó la papeleta. La ruta seguía hacia Normandía, pasando por carreteras olvidadas que enlazaban pueblecitos limpios, antiguos, cuidados y coloristas. Las casas de piedra con los porticones primorosamente pintados de colores, o la infinidad de hortensias, geranios y otras flores le daban un toque acogedor a los pequeños pueblos de la campiña francesa.

Desde la mañana las nubes amenazaban con descargar. Y así lo hicieron de manera intermitente. No tuvimos más remedio que ser los espectadores de excepción de ese juego caprichoso que se llevaban la lluvia y el sol, ahora mojando los campos, ahora iluminándolos para que luzcan resplandecientes. Y el arco iris, que aparecía y desaparecía siguiéndonos al lado camino de las costas de Normandía. Parecía tan cercano… En algunos momentos me pareció verlo delante de alguno de los bosques que recortaban el horizonte, casi al alcance de la mano.

Omaha Beach, la playa más famosa del desembarco de Normandía, se encontraba en marea baja. La gran extensión de fina arena albergaba a algunos niños jugando a volar cometas o hacer castillos. Nada de sombrillas, chiringuitos o tufillo a crema solar. Sí, ya se que el día no acompañaba a ir a la playa, pero me pareció respirar un aroma a profundo respeto por lo que allí aconteció.

Entrando en el cementerio americano comenzó a diluviar. Paseamos en silencio bordeando las miles de cruces de mármol blanco mientras la lluvia lo empapaba todo una vez más. Las cruces de los vencedores. Triste balance. Haciendo algunas fotos, buscando la simetría cambiante de las hileras de lápidas, me di cuenta que no estaba asociando cada una de ellas con una historia, una vida y una familia destrozada. Quizá el lugar es demasiado bonito. O quizá me estaba quedando en lo superficial una vez más.

Atravesamos el espectacular Puente de Normandía para llegar a Le Havre. Colosal, moderno y casi hipnotizador, cuando los tirantes de acero fueron pasando por la derecha y por la izquierda, de manera rítmica, acompasada y casi relajante. Seguía lloviendo.

Y finalmente llegamos a Etretat. Como dijo Belén, abrimos las páginas de un cuento y nos metimos en él. Casitas de madera, algunas con vigas vistas, otras con tejados de madera,… todas con encanto. El cuento de hadas continuó cuando llegamos a la playa y vimos sus espectaculares acantilados blancos. El sol se escondía tras las nubes dejando regueros escarlatas que teñían el horizonte. Las gaviotas graznaban a nuestro alrededor mientras se acercaba la hora de la cena. Una cena con sabor a mejillones y crepes.

Hoy me he dado cuenta de una cosa. A pesar del frío, la lluvia o mil incomodidades, si tienes paciencia acaba saliendo un arco iris o una inolvidable puesta de sol. A pesar de recorrer miles de kilómetros para buscarlos, los arco iris están mucho más cerca de lo que parece. Incluso a veces, están siempre a tu lado.

La Ruta Polaca (I): la etapa francesa.
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