La Ruta Polaca (II): los Países Bajos.


Por Sergio Morchón.

Amberes. La belleza de las ciudades belgas.

Gante

Llovía. Ya menos, pero seguía lloviendo al entrar en la ciudad. De pronto, giré a la derecha, un poco por instinto. No recuerdo si había una señal de circulación prohibida, pero podía ser. La calle era de adoquines y con vías de tranvía, algo peligroso para ir en moto bajo la lluvia. De pronto, al subir un pequeño repechón lo sentí. Algo me subía por el pecho hasta atenazarme la garganta. El pulso y la respiración aumentaron. Sonreí. Un nuevo síndrome de Stendhal. Esta vez en Gante.

No hay nada mejor que comenzar el día subiendo los casi cien metros de los acantilados de Étretat. La vista desde lo más alto de esas paredes de roca blanca, con los arcos de piedra de equilibro casi imposible era el mejor inicio de jornada. Tras un ligero desayuno, enfilamos las coquetas carreteras de la campiña normanda hacia Fécamp, plagado de palacetes y casas señoriales de un neogótico recargado a la par que elegante.

Acantilados de Etretat

Los primeros ciento cincuenta kilómetros por esas carreteras fueron más lento de lo esperado. Las rotondas, ese invento francés del demonio situado cada pocos cientos de metros, hacían imposible llevar un ritmo ligero. Añoraba las autopistas, con sus tres carriles, sus largas rectas y esa sensación de devorar kilómetros rápidamente. No lo pensé dos veces. A pocos kilómetros de Calais nos metimos en la autopista. Quería tener tiempo para disfrutar de las ciudades belgas que configuraban el menú del día.

Como no podía ser de otra manera, al cabo de poco rato comencé a añorar las carreteras, con sus suaves curvas, sus paisajes y su tranquilidad. Y el GPS así pareció entenderlo, porque sin comerlo ni beberlo nos sacó de ella en Dunkerque. Y así, casi de puntillas entramos en Bélgica. Pequeñas carreteras locales, bordeando canales y con el asfalto mojado. Nos dirigíamos al centro de la tormenta, pero las primeras gotas ya comenzaban a caer.

Calle de Brujas

Y así entramos en Brujas, lloviendo sobre sus adoquinadas y encantadoras calles. Afortunadamente, la tormenta nos dio una tregua para visitar rápidamente la ciudad. Brujas son las imponentes iglesias con altísimos y recargados campanarios construidos con ladrillos. Son los cientos -miles- de chocolaterías de lujo que ocupaban los bajos de espléndidas casitas del siglo XVII. Son los coquetos canales adornados con flores que te salían al paso al cruzar cualquier esquina.

No teníamos mucho tiempo más, así que continuamos camino -esta vez por autopista- hasta Gante, nuevamente bajo la lluvia. Los belgas conducen fatal, casi tanto como los españoles. Lo de circular por la derecha tampoco va con ellos. Además circulan rápido, cambiándose de carril sin ton ni son y casi sin señalizar. Tocaba aumentar precauciones y no correr. Sobre todo porque en ningún lugar vi la limitación de velocidad en la autopista. ¿110? ¿120? ¿130? Ni idea.

Gante sorprende. Cuando no te lo esperas, la belleza te abofetea sin piedad, te da en toda la cara reclamando tu atención. Eso es lo que pasó en Gante al subir ese puente de adoquines sobre el canal. A nuestra derecha, la impresionante iglesia de San Miguel. Al frente, la torre del reloj. Más allá, otra iglesia, la de San Nicolás. Todo ello atravesado por un apacible canal con las típicas antiguas casas de ladrillo. La visión es tan apabullante que no sabes hacia dónde dirigir la mirada.

Amberes de noche

Pocos kilómetros después se encontraba Amberes, punto final de la ruta de hoy. El campanario de la catedral, con su reloj en un estridente dorado, sobresalía entre los tejados de la infinidad de casitas de ladrillo que configuran la gran plaza. El ayuntamiento ondeaba cientos de banderas en su fachada, que bailaban al son de un viento que había alejado la tormenta. Al final, y debido a problemas con el horario de cierre y por no saber mucho del idioma flamenco, acabamos cenando musaka en un agradable restaurante griego de la ciudad.

En los múltiples lugares de interés de la ruta de hoy, los habitantes locales miraban casi con aburrimiento aquellas cosas que a nosotros nos maravillaban. Algo así me pasaba a mi durante los más de treinta años que viví muy cerca de la Sagrada Familia de Barcelona. El viajero viaja para disfrutar de cosas desconocidas, y no necesariamente bellas. Lo bello pero conocido al final se convierte en normal. Lo desconocido siempre es extraordinario. El viajero que busque solamente lo bello se convierte fácilmente en turista. El viajero que busque y se sorprenda con lo desconocido tiene todos las papeletas de convertirse en explorador. Lo mejor de todo es que mañana comenzará un nuevo día repleto de rincones desconocidos.

Amsterdam. Reconquistando Flandes.

Amsterdam

Nunca hubiera pensado que cupieran tantas personas en esa estrecha calle. Incluso allí en medio de todos parecía que me faltaba el aire. Se avanzaba muy lentamente y no quería soltar la mano de Belén. Perdernos hubiese sido fatal. Miré hacia arriba. Una ristra de globos rosas engalanaba la calle de lado a lado. La música retumbaba en todo mi cuerpo mientras la gente bailaba. Por el canal desfilaban barcazas con banderas, globos o espumillones. Estábamos en pleno centro del desfile del orgullo gay en Amsterdam.

Me desperecé y abrí un poco la persiana del hotel de Amberes. Había salido el sol! Lo echaba de menos. Las cosas siempre parecen más bellas en los días soleados. Lo primero es buscar un lugar para desayunar. En las inmediaciones encontramos un bar de esos de gente ruda. Unos cuantas personas vestidas con el mono de trabajo estaban desayunando. Posiblemente trabajaran en los astilleros cercanos. Después de un café nos pusimos en marcha hacia Amsterdam. La tirada no es larga, así que programé el GPS para evitar autopistas y escogí la ruta más corta.

Salimos de Amberes por uno de sus exclusivos barrios residenciales. Durante unos cuantos kilómetros estupendas mansiones se disponían a ambos lados de la acogedora calle adoquinada. Todas ellas con jardines exquisitamente cuidados y grandes ventanales para aprovechar la poca luz del invierno. No negaré que me dio cierta envidia.

Entrar en otro país sin que haya una frontera y no tener que enseñar el pasaporte o el seguro de la moto me sabe a poco. Pues así entramos en Holanda. No cambió nada, solamente la matrícula de los coches. Seguíamos detectando una gran calidad de vida. Carriles bici por todos lados, carreteras que no invitaban a correr sino a pasear escuchando el ronroneo de la BMW. Breda fue la primera parada. La imponente catedral está situada en medio de las callejuelas, sin un espacio abierto para poderla contemplar. Dimos un pequeño paseo y continuamos ruta hacia Amsterdam.

Desde Rotterdam hasta la capital parece que los pueblos se sucedan uno tras otro sin solución de continuidad. Larguísimos canales acompañaban a las carreteras y a los sempiternos carriles bici. Y casi -casi- sin quererlo, llegamos a Shipol, el aeropuerto de Amsterdam, donde aprovechamos para comer contemplando los aviones y degustando del perfume a queroseno entre la hierba y los canales.

El hotel estaba situado en un pequeño pueblo de pescadores, a pocos kilómetros de Amsterdam. Una ducha reparadora y estábamos ya dispuestos para sumergirnos en las callejuelas y canales de la capital holandesa. Fue un verdadero caos intentar circular por las estrechas callejuelas sorteando peatones, bicicletas y tranvías. Una vez situados en el centro, dimos un paseo sin rumbo fijo, dejándonos llevar por la marea de gente que acudía a ver la cabalgata del día del orgullo gay. En algunos momentos resultó agobiante intentar andar entre la gente, demasiado ebria para ser las seis de la tarde. Al desviarnos por una callejuela para evitar la aglomeración, diversas luces rojas nos indicaban que habíamos entrado en pleno barrio rojo. A pesar de lo temprano de la hora, algunas chicas se exhibían tras los escaparates esperando clientes.

Hoy es el cuarto día de viaje. Los lectores asiduos sabrán que para mi el peor día de ruta es el cuarto. Aparece el cansancio acumulado, y aún no se ha instaurado la rutina del viaje. Pero se que a partir de hoy la cosa cambiará y disfrutaremos más si cabe de este viaje que nos ha de dar energía suficiente para once meses. Hoy no tengo wifi. Casi lo prefiero. No tengo ganas ni de escribir, es el cuarto día. Aunque solo he de esperar. Mañana todo será genial. Como siempre.

La Ruta Polaca (II): los Países Bajos.
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