La Ruta Polaca (III): de Hamburgo a Varsovia.


Por Sergio Morchón.

Berlín. Los puzzles de la historia.

Lübeck

Lo había completado. No recuerdo si fue mi primer puzzle de quinientas piezas, es que ya hace más de treinta años. Pero aquellas dos torres de oscuro y viejo ladrillo, con sus dos imponentes caperuzas negras y sus jardines de un verde impactante me habían encantado desde que coloqué la primera pieza. Nunca recordé de dónde era esa imagen. Hasta que vi una foto hace unas semanas, preparando este viaje. No podía dejar de pasar por ahí!

Llovía en Hamburgo. Las calles estaban mojadas. Me gusta verlas así. Por suerte, al lado del hotel había una especie de pastelería turca donde servían desayunos. Delicioso. Mientras afuera dejó de llover. El primer destino era Lübeck, donde teníamos que haber dormido esa noche, pero preferimos cenar con Coco, aunque eso implicara acostarse a altas horas de la noche.

Conquistando Berlín

No voy a volver a explicar la conducción en las autopistas alemanas, ya lo hice en mi primer viaje. Pero será un shock volver a sufrir las autopistas españolas, seguro. La entrada en Lübeck nos deparó una gran caravana, donde con dificultad podía sortear el tráfico con las maletas. Con paciencia, llegamos al centro. Y ahí estaba. La puerta de Holsten en todo su esplendor. Más de treinta años sin verla. Aunque en realidad no la había visto nunca, solamente era un puzzle. Ahí estaba con sus rechonchas torres, su esbelto tejado, sus ladrillos oscuros y sus formas apoltronadas, como en mi puzzle.

El Muro

Después de una corta vuelta por la ciudad, nos dirigimos hacia Berlín, también por autopista. Preferimos llegar pronto y poder visitar la ciudad. La diferencia de hacer turismo urbano en moto es que todo queda cerca. Lo que en otro viaje te puede costar dos o tres días, aquí lo puedes hacer en una tarde. Lo que queda del muro, Alexanderplatz, Postdammerplatz, la Puerta de Brandenburgo… Uno tras otro recorrimos los sitios emblemáticos de la ciudad hasta la hora de cenar. Antes, tuvimos una amigable charla con la policía, que nos paró para pedir documentación y para avisarnos que quizá las sandalias de Belén no eran aptas para ir en moto… Aish, como en casa, pensé. De cena, hoy tocaba un brastwurst. Y una cerveza, por supuesto -aunque fuera austríaca-. La vida nocturna de Berlín es famosa en el mundo entero, aunque sea lunes. De camino al hotel, pudimos comprobarlo. Pero -como en todos lados, supongo- va por zonas. Podías pasar por barrios absolutamente desiertos a las nueve de la noche, pasar una calle y meterte casi en el carnaval de Río. La ciudad me pareció enorme, las calles no acababan nunca. Nuestro hotel, a pesar de estar en un edificio moderno, está situado en una zona del antiguo Berlín democrático, con bloques de pisos al estilo soviético, monótonos, funcionales y estéticamente simples.

Alexanderplatz

Berlín es una ciudad apasionante, tanto por su belleza arquitectónica como por su historia reciente. Historia que parece pasado pero que aún se respira al visitarla. Lo difícil es asumirla, integrarla y mostrarla al visitante sin temores. Y creo que Berlín lo hace. Combina trozos de muro aún en pie con modernos edificios de cristal, los simpáticos semáforos de peatones con tiendas de Lego, o imponentes edificios de la época comunista con los antiguos palacios imperiales. Como piezas de un puzzle, se van colocando una tras otra. El puzzle de la historia vuelve al pasado, recoge las piezas necesarias y conforma una nueva realidad. Como yo con mi puzzle. Ahora se que era Lübeck. Tras treinta años, seguía igual. De hecho sigue igual desde el siglo XV. Y eso, qué queréis que os diga… me da envidia. Solo espero el momento de coger otra pieza del puzzle de la historia y volverlo al presente. Conquistando ciudades, componiendo los puzzles del pasado.

Gdansk. ¡En Polonia!

En el centro del Universo

Faltaban pocos kilómetros para nuestro destino. Atrás quedaron los más de quinientos cincuenta que llevábamos. Grandes y negruzcos nubarrones tapaban casi todo el cielo, allá donde se suponía que estaba Gdansk. De repente, Belén señaló a lo lejos, por nuestra izquierda. El sol salió por un pequeño resquicio que quedaba entre las nubes y el horizonte bañándolo todo con su luz rojiza. Las nubes se tornaron de mil colores que iban desde el anaranjado hasta el malva más intenso. A pesar de que comenzaban a caer los primeros goterones sonreí dentro del casco. ¿Acaso alguien osaría preguntarme por qué me gusta ir en moto? Está claro. Por momentos como ese.

¡Y grande! además de apasionante, Berlín es grande. Llevábamos más de quince kilómetros de ruta y aún seguíamos viendo enormes bloques de pisos al más puro estilo soviético. Decidimos ir por carretera, para saborear más la vida del país. Alrededor de ellas es donde se teje el día a día de un pueblo. Gente que va y viene, campos, comercios… La autopista solamente te teletransporta dejándote en otro lugar muy diferente al de partida, casi sin transiciones. La carretera es un degradado en si misma. Los paisajes, las personas, las casas y las costumbres van cambiando tan poco a poco que a veces resulta imperceptible.

Molino polaco

Entrar en Polonia fue un visto y no visto. Cosas de la comunidad europea. Lo que cambió radicalmente fue el comportamiento de los conductores. Los mismos que pocos kilómetros antes se esmeraban por llevar la velocidad correcta, ahora parecían desbocados, persiguiendo vete a saber qué. Polonia comenzaba con un intenso olor a pino. Atravesamos espesos y oscuros bosques donde los vendedores de setas y las putas exhibían su mercancía uno detrás de otro. Mientras, en el asfalto comenzaban las típicas roderas de los camiones. Primero eran tímidas, pero se fueron mostrando cada vez más pronunciadas conforme nos íbamos adentrando en el país. Llegamos a Poznan al mediodía. Nos recibieron las calles casi desiertas y un viento fuerte. Aprovechamos para comer allí y descansar un poco. Quizá descansamos demasiado, pero hora y media después proseguimos camino entre pequeños pueblos, curiosos molinos de madera y más camiones y camiones. Polonia es el país de los camiones.

Copérnico

La conducción por carretera obligaba a estar alerta. No solamente para adelantar a los abundantes trailers, sino para esquivar a los coches que venían de frente adelantando sin ningún miramiento. Nadie respeta los límites de velocidad -a veces ni los propios camiones-, los conductores se ríen de los tristes radares que parecen muertos, y los camiones van a la suya perpetuando las ya profundas roderas de la carretera. Torun, ciudad natal de Copérnico -sí, el que puso a la Tierra en su sitio alrededor del Sol- fue la siguiente parada. Precioso centro histórico peatonal, con múltiples edificos de ladrillo visto, a juego con la catedral. Se respiraba tranquilidad por sus calles, todo lo contrario de lo que encontramos en las carreteras. Parecía un mundo aparte. Estábamos ya algo cansados, no en vano llevábamos ya más de cuatrocientos kilómetros. De repente, apareció una autopista como de la nada. No salía ni en el GPS ni en nuestro mapa Michelin. Pero ahí estaba, con un enorme cartel -en Polonia los carteles son gigantescos, desmesurados- que ponía “Gdansk”. En ese momento, necesitábamos un teletransporte, así que nos metimos de cabeza.

Gdansk

Ciento cincuenta kilómetros después, y mientras el sol se despedía por nuestra izquierda con toda una gama cromática, comenzaba a llover. Afortunadamente fueron solo cuatro gotas, lo justo para mojar el asfalto. Y llegamos a Gdansk. Solo faltaba buscar el hotel y salir a cenar. Demasiado tarde para andar con visitas culturales. Eso ya lo dejaremos para mañana. Me encantan las puestas de sol. Cada día son diferentes, siempre impresionantes. No hace falta recorrer cuatro mil kilómetros para darse cuenta de ello, solo tienes que abrir una de esas ventanas que a veces cierras sin darte cuenta y mirar. Pero me fascina estar tan lejos de casa y ver ese mismo sol hacer de las suyas pintando las nubes. Hace que me sienta pequeño. Seguramente Copérnico se sintió igual al descubrir que no somos el centro del Universo. Pero cuando veo esos colores tan sorprendentes, siento que al menos en ese instante, estoy en el mismísimo centro.

Varsovia. Sorprendentemente bella.

Varsovia soviética

Era imposible ver las indicaciones del GPS. De hecho, prácticamente no veía ni la carretera. Algunos árboles de considerable tamaño habían sido arrancados de cuajo, y exponían sus raíces casi de manera obscena. Notaba cómo algunas gotas se escurrían entre el traje y mi piel. El frío comenzó a apoderarse de mi, mientras mis guantes chorreaban. Estaba diluviando, las gotas casi hacían daño. No nos quedaba más alternativa que parar en aquella gasolinera a resguardarnos.

Gdansk

La primera sorpresa del día fue pasear por las calles peatonales de Gdansk, entre sus elegantes y señoriales casas estrechas pero esbeltas, de diferentes colores guardando una apariencia similar pero cada una diferente. Desde el muelle, eran incluso más impresionantes. Todas las calles del centro eran similares, aunque algunas estuvieran llenas de turistas -y de tiendas de souvenirs- y algunas prácticamente desiertas. El sol iba y venía, cambiando por completo los colores de las casas. Gdansk nos sorprendió muy gratamente. Es de esos lugares de donde no quieres marchar, a pesar de ser tarde ya. No quería parar de mirar cada una de esas casas que daban una inmensa paz, a pesar de estar rodeado de bulliciosos turistas. De allí nos dirigimos a Malbork entre algunas gotas de lluvias y algunos retazos de sol. Espléndido castillo en ladrillo, el más grande en su género. Se mostraba potente y señorial a orillas del río, y a espaldas del resto de ciudad. Masivo, rojizo y extraño, con sus generosos tejados parcialmente decorados y su foso ahora tapizado de verde. Lo conforman diversos edificios que salen de la misma base, todos en ladrillo y configurando un caos organizado de volúmenes y tejados. Las carreteras secundarias polacas nos ofrecieron una nueva sorpresa al pasar entre delicadas y preciosas colinas donde los cereales ya se han cosechado. A ambos lados de la mojada carretera se alzaban árboles tan altos como gigantes, envolviéndonos con sus verdes ramas, de donde goteaban los restos de la tormenta reciente. El cielo era de lo más plomizo que puedo recordar, con esas ramas gigantescas alzándose ante nosotros, iluminadas por el sol y contrastando con el oscuro horizonte. La tormenta había sido fuerte, y bastantes de estos gigantes yacían en el suelo, tumbados y con las raíces boca arriba. Y en Illawa comenzó el diluvio universal. No nos quedó otra que pararnos en la gasolinera, a abrigarnos un poco y a esperar que pasara la tormenta. No duró mucho, apenas unos minutos, mientras nosotros nos calentábamos a base de un capucchino y un chocolate. Grunwald nos dejó algo fríos. Es cierto que quizá para un polaco la gran batalla librada ahí en 1410 posiblemente le llegue a emocionar, como pasear entre las colinas de césped admirando los escasos monumentos conmemorativos. Para nosotros no fue más que otro enclave, ni más ni menos. Pero no es mi intención quitarle importancia. Para nada. De hecho es el lugar donde se libró la batalla medieval más numerosa y sangrienta de la historia, con más de veinte mil teutones muertos o hechos prisioneros a manos del los polacos.

Grunwald

Y finalmente Varsovia. Nos dio tiempo por la noche de hacer un recorrido express, descubriendo su barrio viejo perfectamente reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial. La plaza está conformada por casas estrechas y esbeltas al estilo de las que vimos en Gdansk, con múltiples colores y decoraciones. Pasear por sus calles peatonales te transporta a otra época, sosegada y calmada. Contrasta con las grandes avenidas flanqueadas por enormes edificios gubernamentales de la época soviética, con el maravilloso edificio de la cultura como estandarte. Regalo de los rusos para unos, símbolo del dominio comunista para otros. Pero precioso para los ojos del turista que hasta allí se acrece sin hacerse demasiadas preguntas. A su lado, los nuevos rascacielos de Varsovia no solamente no lo ensombrecen sino que lo realzan y lo destacan del resto. Simplemente magnífico, iluminado para recortar el negro cielo polaco. Al otro lado del río el barrio de Praga nos mostró la típica ciudad dormitorio de la época comunista. Algunos edificios incluso mostraban sus fachadas de ladrillo ennegrecido por el tiempo. Otros se conformaban con un desconchado revestimiento de cemento. Importante visita para hacerse una idea de la vida en los tiempos del dominio soviético, a pesar de que hoy en día sigue siendo un barrio popular y humilde. Varias caras de una misma Polonia. De la delicadeza extrema del centro histórico de Gdansk, a los barrios obreros de la época comunista, pasando por maravillosos campos ondulados de cereales recién cogidos y de lugares importantes de la historia medieval. Sorprendente cuanto menos. Porque no es más gozoso el que más tiene sino el que más encuentra. Nosotros esperábamos poco de Polonia y sorprendentemente hemos encontrado mucho. Hoy es uno de esos días en los que piensas que valió la pena llegar hasta aquí. Ahora toca volver. Y lo haremos por otros lugares que nos sorprenderán igual o más que Polonia. Seguiremos con los ojos bien abiertos, esto no ha hecho más que comenzar!

Stare Miesto, Varsovia

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