África en la mirada (VI): Saint Louis – Louly Bentegné


Por Ankor Ramos. (© de las fotografía y el texto: Ankor Ramos)

© Ankor Ramos

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Tan sólo nos separan algo más de doscientos kms de nuestro destino en el dispensario médico del poblado de Louly Bentegné, así que nos tomamos la mañana con calma dejando algo de tiempo para caminar por las calles de Saint Louis. Puestos de venta de mil objetos que pueblan las estrechas calles de la histórica ciudad. Caminamos hacía el lado opuesto de la Isla, un estrecho istmo entre la isla la tierra firme del continente. Una lengua de mar en la que se agolpan cientos de polícromos cayucos. Algunos varados en tierra con grupos de hombres trabajando en ellos y otros yendo en una y otra dirección por esa franja de agua.

© Ankor Ramos

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Decorados con pinturas donde priman los colores fuertes como amarillo, rojo, verde y azul, que forman palabras o símbolos que no sabemos descifrar. Imagen que también resulta impactante si pensamos en que aventuras se ven inmersas esas embarcaciones en trayectos de cientos de kms en mar abierto en busca de las costa de mis Islas.

Tras el desayuno volvemos a montar sobre nuestras motos en nuestra continua búsqueda del sur. Lejos ya de la policía mauritana y sus ya sabidos métodos nos topamos con la de Senegal, que en ciertas aptitudes no se diferencia en exceso.

La carretera discurre cruzando poblados en los que las tiendas se arriman a la carretera. Talleres, restaurantes, herrerías, carpinterías y todo tipo de negocios que muestran sus productos a todo el que transita el lugar. En un taller de uno de estos poblados conseguimos un par de cables de acero para reparar el embrague de mi Gs que nuevamente está dando problemas. Será común en estos lugares encontrar agentes, o supuestos agentes que aún no estamos seguros, de policía que detienen nuestra marcha y nos solicitan la documentación. Empezamos a ser nosotros los que pidamos la identificación de estas personas ante la desconfianza de que tan solo porten un uniforme a modo de disfraz y que esto se trate de un modo de obtener dinero al haber cometido una supuesta “infracción”. Cuando hacemos esta solicitud nos dejan pasar de inmediato. Las dos últimas veces que nos intentan hacer parar, directamente nos vamos sin hacer ni caso.

El paisaje poco a poco se va poblando de baobabs que forman comunidades cada vez más grandes constituidas por árboles de mayor tamaño. Su extrañeza y porte los hace bellos y atractivos. Fruto, cuenta la leyenda, de un error de Dios al haberlo plantado al revés y cierto que lo parece por la simpleza de sus ramificaciones carentes de hojas y lo prolífico de su ramaje.

© Ankor Ramos

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La presencia masiva de tráfico nos revela que nos aproximamos a la entrada de una ciudad, Mbour. Puestos de frutas variadas entre las que destacan las bananas y las mangas como en una especie de alegoría a la bandera de Senegal con sus colores amarillo, verde y rojo. Tomamos el desvío a Kaolack tras el que recorridos escasos kms nos lleva hasta el poblado de Louly Bentegné. El estruendo de las motos llama la atención de los más pequeños que salen del recinto del poblado a darnos una calurosa bienvenida. Llama mucho la atención que estos niños que poco o nada tienen lleven siempre una sonrisa en la cara y en gesto amable para todos.

Apenas instalados, recibidos por Agnes encargada del dispensario médico y por Raquel una enfermera voluntaria nos sentimos como en casa. Mientras Marcos se mete manos a la obra con el embrague dichoso, aprovecho para dar una vuelta alrededor y sacar fotos de este apartado lugar que nos parece el centro del África negra.

Backombel.

Nos levantamos con las primeras luces del día, para tras el desayuno partir hacía el poblado de Backombel a unos 5 kms de distancia de Louly Bentegné. En el poblado se encuentra la escuela de la ONG donde se imparte educación a 360 niños del lugar desde infantil a primaria. Mi GS se queda en Louly, así que hago el trayecto con Mario Llonch de piloto y a bordo de un Renault 5 que anda por la arena como si de un rallie car se tratara. Un trayecto surrealista a través de chozas de paja y madera, baobabs gigantescos y termiteros como volcanes por una pista que cruzan burros, vacas, cabras, lagartos y hasta gallinas.

En el trayecto los lugareños levantan las manos y gritan “¡¡Mario!!” a nuestro paso. La existencia de esta escuela en un lugar como este, perdido en el centro de un país donde el Estado no puede dar cobertura a sus pobladores es un auténtico milagro fruto del esfuerzo y sacrificio de Mario. El complejo está creciendo alrededor de la escuela, con la construcción de un pozo que alcanzó agua potable a 103 metros de profundidad y un proyecto de agricultura y ganadería estabulada que cuenta con el trabajo de una bióloga granadina que lleva ya algunos meses por aquí.

© Ankor Ramos

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Pierre, profesor de la escuela se hace cargo de nosotros y colaborará en las labores de intérprete con los niños. Nos instalamos en la biblioteca donde montamos nuestro campo de operaciones. Al rato empiezan a desfilar grupos de chiquillos para que Marcos proceda a examinarlos. En principio pasan aquellos niños que han presentado algún tipo de problema visual o se han quejado de molestias. También pasarán aquellos que portan gafas en la actualidad o aquellos que las tienen o las han perdido. Los casos más frecuentes son conjuntivitis y algo de suciedad ocular a los que Marcos aplica colirios antibióticos en los casos preciso y una limpieza en los restantes.

Algunos de ellos necesitarán gafas que con la graduación efectuada le enviaremos posteriormente a través de Mario. Aprovechamos el recreo de los niños para hacer un descanso en él que yo salgo fuera a sacar fotos de la turba que tienen montada los niños que corretean de un lado al otro entre burros y gallinas que no distinguen la escuela del poblado y transitan por las instalaciones como si tal cosa. La GS de Marcos se convierte en punto de atracción de los varones que la miran y remiran desde todos los ángulos.

Son muy curiosos y les encanta que les haga fotos para lo que no dudan en posar con una inmensa sonrisa en la boca.

© Ankor Ramos

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Marcos continua examinando chiquillos mientras yo elaboro las fichas de cada uno y tomo la distancia entre pupilas que él me ha enseñado a hacer para adelantarle trabajo. Un nuevo toque de la pequeña campana a manos de Pierre indica que es la hora de comer. Los niños comen en el colegio a cambio de una pequeña cantidad que la Fundación les cobra, lo hacen en unos recipientes de metal de amplia boca alrededor de los que se sientan en grupos de cinco o seis y con las manos toman el arroz con pescado de su interior. En ese instante todos se mantienen en absoluto silencio. Después de comer portan los recipientes hasta el punto de agua para lavarlo y luego abandonar la escuela en dirección cada uno a su poblado.

© Ankor Ramos

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A nosotros nos tocará almorzar con los profesores para lo que nos llevan hasta el poblado donde, bajo un frondoso árbol, han colocado una esterilla y en su centro un recipiente como el que vimos a los niños en la escuela. Al llegar un niño de apenas 2 años llora desconsoladamente, preguntamos el por qué de su llanto y su madre nos responde que le dan miedo los hombre blancos…es que aquí los raros somos nosotros.

Cucharas para todos y todos a comer del mismo plato. Arroz con pescado de un sabor exquisito combinado con pimienta y con una pasta verde obtenida de un arbusto del lugar con alto porcentaje en proteína y calcio. Nos parece como si estuviéramos viviendo un en el que nosotros somos sus actores protagonistas.

Nada mejor para una buena sobremesa que una siestita tirado bajo el gran árbol sobre la misma esterilla que almorzamos y mientras se prepara el té.

El director de la escuela casi se convierte en director de orquesta con el sonido de sus ronquidos.

Por la tarde atendemos a algunos mayores del poblado y a los profesores. Terminamos pronto y aprovechamos un poco para acompañar a Rosa a visitar sus tímidas plantaciones que increíblemente germinan en esa dura arena del lugar en lucha contra los animales del lugar, insectos y sequedad de esta temporada del año.

Asistimos a un rodeo de los niños del poblado empeñados en dar caza y subirse a uno de los burros del lugar. Lo acorralan entre todos mientras corren y vociferan hasta que uno de ellos lo consigue enganchar del cuello y agarrado con todas sus fuerzas resiste los relinchos del pobre animal que sale despavorido del poblado. Otros niños juegan mientras trabajan, divirtiéndose a bordo de sus carros tirados por burros mientras portan bidones de agua potable de un lado al otro.

© Ankor Ramos

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Volvemos a Louly a bordo del Renault 5 de Mario que ahora lleva 3 niños en el asiento delantero y a mi, Marcos y el director del colegio en la parte trasera. Marcos termina de reparar la moto con el nuevo cable que esperamos resista el resto del recorrido de vuelta. Ahora toca comprar algo para la cena ya que al no existir luz en el lugar tampoco hay neveras y hay que alimentarse con lo del día. Vamos a la boutique del poblado cuando el sol ya se ha ocultado, así que debemos alumbrar con nuestras linternas y las que tiene el dependiente para saber qué podemos comprar. Su linterna es de dinamo a la que tiene que ir haciendo girar una manivela para evitar que se le apague…pero la que de verdad le gusta es la de espeleólogo que Marcos porta en su cabeza.

Nuevo rallie, esta vez nocturno, para volver a Backombel a cenar y dormir. Cuando pensábamos que teníamos que hacernos la cena nos sorprende Pierre con su esposa y un nuevo barreño de arroz y pescado. El menú no es variado ciertamente pero la amabilidad y hospitalidad lo compensa todo.

Ha sido un día de intensas sensaciones donde hemos podido plasmar la razón de nuestro viaje hasta aquí.

Nos vemos en ruta…

África en la mirada (VI): Saint Louis – Louly Bentegné
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