La Ruta Polaca (V): rumbo a Milán por la Romantichse Strasse


Por Sergio Morchón.

(© de las imágenes y el texto: Sergio Morchón).

Pfronten. La Romantische Strasse

Romantische Strasse

Romantische Strasse

La carretera serpenteaba entre verdes colinas. Un asfalto impecable, unas curvas nobles y amables. De repente, al pasar una loma el paisaje me dejó sin aliento. Un giro a la derecha colocó a nuestra izquierda los majestuosos Alpes con el espectacular castillo de Neuschwanstein a sus pies. Y a nuestra derecha el sol intentaba colar sus últimos rayos entre un girón de las escasas nubes. Yo no sabía dónde mirar. Habíamos recorrido los trescientos cincuenta kilómetros de la Romantische Strasse. Era un buen final.

Rothenburg

Rothenburg

Amaneció un precioso día para ir en moto. Sol, temperatura agradable y una carretera que se mostraba excepcional para pasar el domingo. La Romantische Strasse recorre Alemania desde Würzburg hasta Fussen, ya al borde de los Alpes. También lo pensaron así cientos de motoristas que en una dirección u otra nos encontramos el ruta. Desde estridentes superdeportivas hasta maravillosas reliquias de hace cuarenta años. Y descapotables, muchos descapotables. Nadie quería perderse este maravilloso día de domingo.

La ruta está perfectamente señalizada con unos carteles marrones que indican cualquier cambio de carretera. Pero no está de más llevar apuntados los pueblos de paso, porque en algunas grandes ciudades es fácil perderse y encontrar la ruta de salida. Las primeras paradas fueron en pueblos que no mostraban nada especialmente interesante, cosa que puede llegar a desencantar. Plazas coquetas, callejuelas interesantes pero no demasiado… Pero no nos desanimamos, solamente era el comienzo. Así como sin quererlo paramos en Rothenburg y la cosa cambió. Tras pasar la muralla por una vieja puerta te reciben cientos de casitas con afilados tejados, todas primorosamente pintadas y con geranios adornando los balcones. Allá donde mires todo es de cuento. Carteles de hierro forjado con adornos dorados anuncian cada hotel y cada tienda, mientras que el nombre del establecimiento aparece pintado en las fachadas con una pulcra letra gótica. Tiendas de detalles con buen gusto, apetecibles restaurantes y cervecerías… Es con diferencia el mejor lugar de la ruta para realizar una parada. Muy recomendable.

Rothenburg panorama

Panorámica de Rothenburg

La ruta va transcurriendo sin especial interés por lo que al trazado se refiere. Excepto algún tramo con algunas curvas, el resto es bastante recto y anodino. Pero no por ello los alemanes dejan de recorrerla en moto. Lo cierto es que casi no hacía falta seguir los carteles indicadores. Simplemente te dejabas llevar por el reguero inacabable de motos y descapotables. No hay pérdida. Paramos a comer en Harburg, a orillas del río y cerca del puente de piedra, frente al castillo. Las campanas de la iglesia cercana rivalizaban con el chapoteo de los niños que intentaban atrapar a los patos, que se mantenían a una distancia prudencial. ¿Qué mejor sitio para un picnic?

Harburg

Harburg

La Romantische Strasse sigue sin pena ni gloria hacia el sur, adentrándose en Baviera. A partir de Schongau la cosa cambió. Los dorados campos de cereales en plena cosecha se transformaron en inmensas praderas de hierba fresca. Aparecieron los bosques de abetos y el sol comienza su particular exhibición de tonos rojizos en el horizonte. El castillo de Neuschwanstein apareció al pie de las montañas, mientras que los primeros picos alpinos comenzaban a tomar protagonismo. Después de doce días eran prácticamente las primeras montañas, y realmente nos alegraron la vista. Llegamos al hotel casi de noche, con muy poco tiempo para encontrar un lugar para cenar. Pero no importaba. Habíamos recorrido de principio a fin una ruta mítica.

La vaca bávara

La vaca bávara

No creo equivocarme al decir que la Romantische Strasse está sobrevalorada como ruta motera. De trescientos cincuenta kilómetros me quedo con los cuarenta últimos. De los pueblos y ciudades que pasa, quizá destacable de verdad sea solamente Rothenburg. Los paisajes no son nada del otro mundo si volvemos a exceptuar los últimos kilómetros. Pero tiene un excepcional marketing. Primorosamente indicada, eficazmente anunciada y con gasolineras, hoteles y restaurantes disponibles en cualquier punto. En España tendríamos cientos de rutas quizá mejores que ésta. Pero el turismo de carretera sigue en pañales en nuestro país. Afortunadamente no nos faltan buenos moteros que impulsen esas maravillosas rutas por la península. Pero aún nos falta mucho por aprender.

Quedan dos días de ruta y tres días de vacaciones. Algo no cuadra. Para encajarlo tengo dos opciones: o comenzar a trabajar un día antes o… Sí, habéis acertado. La Ruta Polaca se alargará un día más. Las carreteras de la Provenza francesa tienen la culpa. Pero eso será otro día.

Milán. La ruta de las cinco naciones

Splügenpass

Splügenpass

En mis más de trescientos mil kilómetros de moto no había visto nada igual. Con un desnivel exagerado las galerías, los túneles y los tornanti se iban sucediendo uno tras otro. A veces incluso se solapaban y encontrabas un tornante dentro de una galería. Tras cuatro curvas estábamos exactamente en el mismo punto, pero treinta metros más abajo. ¡Es una carretera de locos!

Verde alpino

Verde alpino

Amaneció soleado. Bueno, supongo. Porque siempre nos levantamos unas horas después de que amanezca. De hecho generalmente somos los últimos en desayunar en el hotel, y es que entre escribir crónica, editar fotos o preparar la ruta del día siguiente siempre nos acostamos a las tantas. El hecho es que hacía sol, y eso es una novedad. Hoy pisaríamos cinco países. Nunca había hecho nada parecido en un solo día. Comenzaríamos por Alemania, donde nos encontrábamos. En pocos kilómetros pasaríamos a Austria, luego a Liechtenstein, a Suiza y finalmente a Italia. Si, hoy iba a ser un gran día!

Los Alpes nunca defraudan. Aunque los hayas recorrido mil veces, siempre te quedarás con la boca abierta admirando sus enormes montañas, sus espectaculares valles y sus radiantes praderas verdes, de un verde que hace palidecer cualquier otro color. Mires donde mires siempre habrá algo que te impresione, ya sea el paisaje, la carretera o los delicados frescos que tienen las fachadas de los pueblecitos del Tirol austríaco. Muy bien cuidados, con tejados elaborados y asombrosos dibujos en sus paredes.

Liechtenstein

Liechtenstein

Liechtenstein no es que tenga excesivos atractivos turísticos, a excepción del castillo, que preside desde lo alto a la capital, Vaduz o el ayuntamiento, recargado y rococó. La capital no es más que una carretera que transcurre al lado de una pequeña calle peatonal donde se agolpan los negocios. Y lo que les sobra a los países con una sola carretera principal, llámese Andorra o Liechtenstein, son atascos. En estas latitudes comienza a apretar el calor, y transitar detrás de un autobús a veinte por hora a pleno sol deja de ser agradable. ¡Casi añoramos el frío de otras latitudes! (bueno, quizá no…).

En Suiza paramos a comer en la placita de un pequeño pueblo. Un anciano se acercó, saludó y se puso a nuestro lado a mirar cómo pasaba la vida delante de sus envejecidos ojos. A veces nos miraba casi a escondidas. Puede que me lo invente, pero me pareció ver un brillo de ilusión en esas miradas cortas pero intensas. Una mirada de envidia, admiración y aceptación. Acabamos nuestra ensaladísima y continuamos ruta para buscar uno de los platos fuertes de la jornada: el Splügenpass.

De todos los puertos de montaña alpinos que he recorrido -y han sido unos cuantos- no he encontrado unos tornanti más fotogénicos que los del Splügenpass. No son muchos kilómetros, pero son perfectos, simétricos y coquetos como el lateral de una Comtessa o como las formas que describe la miel al echarla sobre la cuajada. Y todo eso enmarcado en el constante verde de los veranos alpinos. ¿Se puede pedir más? Y así llegamos a Italia, quinto y último país del día.

Bajada a Chiavenna

Bajada a Chiavenna

La bajada del Splügenpass hacia Chiavenna es de locos. No concibo que el ingeniero que la haya diseñado esté cuerdo. O eso o es un genio. Por segundo año consecutivo recorrimos esos kilómetros de galerías, de túneles de tornantis imposibles que se retuercen sobre sí mismos, a veces suspendidos en endebles columnas, a veces metidos dentro de la montaña en oscuros túneles. Y por segundo año consecutivo me pasé riendo a carcajadas todo lo que duró, sorprendiéndome curva tras curva. Si subiendo el Splügen bailas un vals con las curvas, este tramo es puro rock and roll! Es sin duda mi recorrido alpino favorito. Y no por las vistas, para eso ya hay otros puertos excepcionales. En éste los paisajes no son nada del otro mundo. Bueno, en realidad no lo sé, porque es imposible despegar la mirada de la cinta de asfalto que se contorsiona en dibujos inviables.

El lago di Como apareció abriéndose lentamente entre las montañas. En un primer momento me resultó chabacano, con cientos de turistas acarreando sombrillas, colchonetas de playa y toallas. Cuanto más al sur, lo ordinario deja paso al glamour. Las impresionantes villas italianas, con sus cuidados jardines se van alternando con pequeños pueblecitos con preciosos y delicados campanarios. Los hoteles de lujo con los descapotables en la puerta están a la orden del día. Pero de principio a fin, durante los más de sesenta kilómetros, el lago di Como es un auténtico caos circulatorio. Es un atasco continuo en el que no hay lugares para adelantar. Algo malo debía tener.

Duomo de Milán

Duomo de Milán

Y finalmente, Milán. La ciudad del Duomo más impresionante, afiligranado y puntiagudo que existe. La ciudad de las grandes galerías comerciales, de las enormes avenidas y de las largas calles repletas de vías de tranvía y adoquines. Una cena normalita -aunque en Italia hasta lo normalito está exquisito- y un sablazo en el precio no podrían borrar esta jornada de mi memoria. Me miro al espejo y veo a un viajero cansado, veo las casi cuatro semanas de moto, los catorce mil kilómetros recorridos y los veintisiete post colgados de manera ininterrumpida. Pero también veo la misma mirada que el anciano de la comida. Una mirada que rebosa ilusión. Y la ilusión -no tengo la menor duda- es la mejor de las gasolinas.

Tractores

Tractores

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