África en la mirada (VII): Louly Bentegné


Por Ankor Ramos. (© de las fotografía y el texto: Ankor Ramos)

Louly BentegnéSegunda jornada de nuestro proyecto. Examinados todos los niños con problemas visuales en la escuela de Backombel nos desplazamos al poblado de Louly Bentegné para llevar a cabo la revisión a las personas mayores del lugar.

Así muchos se desplazan al dispensario médico del lugar donde abonan 1000 cfa (1,50€) para asistir a la consulta de Marcos. Es un precio simbólico que se establece para que comprendan que las cosas cuestan y no se acostumbren a mendigar la ayuda. De igual modo deben abonar una cantidad ínfima para reservar las gafas, aquellos que las precisan, porque si no la experiencia demuestra que en muchas ocasiones no las van ni a buscar.

La consulta se convierte en un guión surrealista. Personas desde los cuarenta y pico hasta una señora de ochenta y siete años que en la vida habían asistido a una consulta óptica. Algunos síntomas son similares a los experimentados en los niños: conjuntivitis y suciedad fruto del ambiente de arena y polvo en el que viven. Pero también se producen casos más graves de hipermetropía, astigmatismo e, incluso, una fuerte miopía. Sin embargo los casos más graves se dan en personas de edad avanzada que padecen fuertes cataratas sólo subsanables con una operación quirúrgica, algo que en este país no es gratis ya que no cuenta con seguridad social. Las extremas condiciones de vida, con tormentas de arena, un sol que lo reseca todo, las duras tareas del campo o de aquellos que se dedican a la mar sin ningún tipo de protección, provoca este tipo de problemas en las personas. Especialmente en las más mayores como es natural.

Louly BentegnéContamos con la asistencia a modo de intérprete de Agnes, enfermera encargada del dispensario médico, que traduce las indicaciones de Marcos desde el castellano al wolof. En un momento en que Agnes tiene que salir la ecuación de idiomas se complica más necesitando una intérprete de español al francés en la persona de Raquel y luego de francés a wolof a través de Paul, recepcionista del centro. Algunas personas no conocen el alfabeto latino, así que Marcos se las tiene que ingeniar para hacer las mediciones con otros medios.

Cumplimos la jornada con unas buenas decenas de revisiones. El resto del día lo queremos emplear en hacer algo de turismo. No tenemos mucho tiempo así que buscamos algo cercano: Mbour.

MbourNos acompañan dos voluntarias recién llegadas a Louly, Mayca y Loles, están con bastante experimentada en viajar hasta estos lares y que nos hará de guía e intérprete en nuestra visita. Acudimos primeramente a Joal-Fadiout, un entrante de mar que forma manglares e islotes donde uno destaca por lo inusual de su naturaleza. Se trata de un islote creado artificialmente a base de depositar en un punto del manglar las conchas de los moluscos.

Concha a concha se fue creando un islote de tal dimensión que viven en él personas en una comunidad considerable. Incluso, como símbolo de la libertad y tolerancia religiosa de este país conviven en la isla una iglesia católica y una mezquita musulmana. La unión del islote con tierra firme a través de un bello puente de madera permite que alcancemos fácilmente esta maravilla pero también provoca la masificación propia de los lugares turísticos. Decenas de puestos de artesanías se arremolinan por sus estrechas casas a la espera del turista, vendiendo productos que puedo encontrar en cualquier localidad de Tenerife por la mitad de precio. Globalización.

MbourNos tomamos un refresco que ayude a mitigar el calor reinante en un puesto del lugar, desamparados de cualquier protección al asedio de los que intentan obtener algo del paso del hombre blanco. Mientras en un campo contiguo los jóvenes se entretienen practicando lucha senegalesa, esa que tanto recuerda a la lucha canaria.

Alguien nos comenta lo espectacular que es la vuelta de los barcos al puerto de Mbour tras las labores de pesca. No nos lo podemos perder. A través del mercado que hay que atravesar para llegar al puerto volvemos a ser víctimas del acoso a veces, incluso, violento de jóvenes que te ofrecen de todo.

MbourDesde aparcamiento para la moto, venderte cualquier cosa, hacerte de guía o pedirte porque si que les des dinero. Parecen que tienen derechos sobre todas las cosas y cualquier intento de tomar una foto se topa con su pretensiones de cobrar , llegando al paroxismo de pedir por sacar fotos al mar. Evito, por supuesto, primeros planos pero hasta los planos generales de la playa o de la lonja parecen molestarles. Lo mejor, no hacerles caso. Este país tendrá un grave problema con el turismo si no soluciona la presión violenta de este tipo de personas sobre los visitantes.

El mercado del pescado junta en el lugar a cientos de personas que pujan en las lonjas por las capturas que los cayucos traen de mar adentro. Pescados de gran tamaño y hasta tiburones se subastan al mejor postor. Asistimos a como los hombres descargan uno de los últimos cayucos llegados, ya con el sol perdiéndose en el horizonte, portando las cajas sobre sus cabezas.

MbourSobre la arena de la playa se concentran los restos del pescado y las conchas de los moluscos traídos en la que los niños que menos tienen que rebuscar para conseguir con qué hacer collares y demás baratijas que poder vender. La basura y la falta de higiene inundan el lugar generando ambientes muy dispares y contradictorios.

El puerto de Mbour es la mayor factoría de barcos de pesca de Senegal y punto de partida de estos, que conocemos como cayucos, en rutas de emigración hacía Canarias algunas veces previo paso por Mauritania. Resulta difícil comprender que con esas embarcaciones, frágiles a pesar de su gran tamaño, se atrevan los hombres y mujeres de este país a enfrentarse a mil quinientos kms de duro Océano hasta un destino que preven inicio de una vida mejor.

Se hace ya de noche, aunque el bullicio de la lonja no descansa aún y mientras a aquel último cayuco todavía le queda cosecha del mar que descargar. Recorremos las calles del mercado que comienzan a quedar desiertas mientras los tenderos se afanan en colocar la mercancía nuevamente en el interior y las cabras pasean rumiando los restos de vegetales abandonados en el piso. Mañana será otro día y la historia volverá a repetirse.

 

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