Bretaña 2013 (I)


Por José Ramón Noguerol.

(© del texto: José Ramón Noguerol, de las fotografías: Reyes Casado y José Ramón Noguerol)

Carantec-Ile_de_Callot

Carantec-Ile de Callot

Sin salir del continente Bretaña te permite viajar a otra realidad, la de los mitos y leyendas, la de los bosques impenetrables, la de los paisajes sublimes de los páramos, la de su litoral víctima del enfrentamiento permanente entre el mar atacando y la costa descarnada y golpeada a pleno por las olas, la del misterio de sus rocas y la de la amabilidad de la gente bretona. ¿Cómo no ir hasta allá?

Disponíamos de siete días así que decidimos llegar y volver de  Bretaña por mar para lo cual cogimos el ferry Gijón-Saint Nazaire. Una buena alternativa, teniendo poco tiempo evitando el largo viaje por carretera atravesando gran parte de Francia.

Embarque El 30 de junio a las 15:00 embarcábamos en el “Norman Asturias” coincidiendo con el equipo Desafío Asturias-Cabo Norte que se disponían a iniciar su gran aventura que les llevaría por toda Europa hasta el mítico Nordkapp.

Nos encanta hacer parte del viaje navegando, poder salir a cubierta y estar un buen rato contemplando el horizonte, aprovechar para repasar la ruta, descansar. Claro, todo esto está muy bien cuando la mar está buena pero por lo que comentaban los camioneros que hacen esta ruta a menudo cuando hay temporal no lo pasas bien y estás deseando llegar.

El “Norman Asturias” hizo  una buena travesía y a las 6:00 de la mañana del 1 de julio atracaba en el puerto de Saint Nazaire. El día amanecía atrapado en una fría y densa niebla y no parecía una buen comienzo pero pensé en el refrán “mañanita de niebla, tarde de paseo” convencido de que tendríamos un buen día.

¿A dónde íbamos hoy?

A mí me gusta preparar los viajes, disfruto mucho con ello. Me gusta saber algo de la historia, la cultura, los paisajes del territorio que recorreré, es como si me dejara seducir por lo que tiene que ofrecerme y sé que durante la ruta aparecerá algo inesperado que se sale del plan original y te deja la cabeza llena de estrellas, es lo maravilloso del viaje.

FougéresLa primera parada fue Vitré, la ciudad medieval a las puertas de Bretaña, con sus murallas y callejuelas que suben hacia el castillo. El primer “señor de Vitré” ya tuvo el privilegio de sentarse “entre los nueve barones bretones”. Después Fougéres, otra importante ciudad fortificada. La duquesa de Bretaña llamaba a esta ciudad “la llave de mi cofre”. El nombre evoca la fortaleza situada en la misma boca de Bretaña aunque su posición es bastante sorprendente. El castillo tiene una excelente defensa natural, las mareas del Nançon pero está situado en la parte baja de la ciudad y a pesar de lo extraño de su ubicación ha subsistido el paso del tiempo.

Luego hacia la costa, en una breve incursión por territorio normando, hasta el archifamoso Mont Saint-Michel. Si no has estado nunca tienes que ir pero visto una vez hay otros lugares a los que dirigirte. ¿Por qué? Está lleno de gente. Tienes que dejar la moto en un parking distante y llegar hasta el monte en un autobús gratuito. Su arquitectura prodigiosa, su bahía, la magia de sus mareas lo convierten en el sitio más concurrido de Normandía y sin duda uno de los primeros de Francia.

Según una leyenda, en tiempo de los galos el Monte se elevaba en medio de un gran bosque. Un día el nivel del suelo se hundió engullendo al bosque y más tarde una gran marea dio el golpe de gracia a los árboles que quedaban. El Monte sufrió luego las crecidas de los ríos que inundaban la bahía. Uno de ellos que marcaba la frontera entre Normandía y Bretaña enloqueció y repentinamente comenzó a fluir al Oeste del Monte, haciéndolo “pasar” a Normandía.

Puerto de DinanHuyendo de Saint-Michel nos dirigimos a Dinan, la ciudad feudal que parece evocar un escenario cinematográfico, donde teníamos el alojamiento (La Guyonnais) Lo mejor es dejar la moto en la plaza Duclos y pasear por las calles entre edificios con paredes de madera y palacetes del Renacimiento. Luego cenar en algún coqueto restaurante o bajar hasta el puerto y tomar algo por allí.

Corsarios.

Al día siguiente de nuevo hacia la costa para llegar a Le Vivier-sur-Mer, un tranquilo pueblo de pescadores que probablemente es el único lugar del mundo donde los barcos tienen ruedas que les permiten bajar por calzadas que entran literalmente en el mar y poder llegar hasta el agua en la bajamar. Junto con los demás pueblos de la costa es uno de los mayores productores de moluscos de Francia.

Cancale cuyo nombre significa “ensenada del río”. La fama de sus marinos se remonta al siglo XV y fue tal que los corsarios cancaleses atrajeron represalias por lo que la ciudad y el puerto fueron saqueados en el siglo XVIII.

Parques de ostras de CancaleActualmente lo que más llama la atención en este puerto son los parques de ostras. Las ostras de París fueron las de Cancale, el correo de Saint-Malo hacía entregas dos veces por semana para la mesa del Rey. Una docena de ostras con una copa de vino blanco frío es un pequeño placer al que es difícil no sucumbir.

Saint-Malo, “ni francesa, ni bretona, Maulinesa”. Esta divisa expresa el espíritu de independencia que animó a la ciudad durante largo tiempo. Una ciudad que vivió al ritmo de los descubrimientos marítimos y entre corsarios y marinos escribieron sus páginas de gloria. Un paseo por los ramparts, los bastiones que ciñen la ciudad vieja, permite tener una buena panorámica de la localidad.

Desde Saint-Malo al castillo de Fort La Latte, un admirable centinela construido sobre la roca entre dos precipicios. Su misión era proteger la tierra bretona de los piratas normandos, siempre fue una fortaleza impenetrable por la perfección de su atrincheramiento.

Cap Fréhel

Y muy cerca Cap Fréhel. Probablemente uno de los lugares más impresionantes de Bretaña donde se alza fiero y solitario un potente faro, elemento habitual de las costas bretonas. El cabo y sus acantilados dominan el mar desde una altura de 70 metros.

Llegar hasta estos puntos significa atravesar un territorio llano y desolado donde los brezos y las aulagas dominan el paisaje vegetal, con curvas que se ajustan al perfil de la costa rocosa elevada y recortada. Un placer para ir en moto disfrutando de espléndidas vistas de aguas azules, acantilados rosados y playas casi desiertas de difícil acceso.

La costa bretona parece trazada a la medida de la moto, cualquier carretera secundaria en dirección al mar se convierte en un recorrido gratificante.

A partir de este punto la lluvia nos acompañó toda la tarde. En Bretaña el tiempo es muy cambiante y esta es una de las cosas que hacen diferente un viaje en moto, formas parte del paisaje y también  de la climatología con todas sus consecuencias.

Abadía de BeauportCamino de Paimpol, donde comienza uno de los tramos más recortados de la Cóte d´Armor con muchas ensenadas y acantilados, surgió uno de esos lugares inesperados con los que el viaje te sorprende, la abadía marítima de Beauport.

Fundada hace más de 8 siglos fue y sigue siendo el km 0 del camino que lleva a los peregrinos bretones hasta Santiago de Compostela.

Llegar a un lugar como este al final de la tarde cuando ya no hay nadie le da un encanto especial a la visita. No debía ser tarea fácil fundar una abadía pues además de dinero hacían falta tierras sobre las que construir el monasterio y dotarle de huertas, campos de cultivo o bosques por lo que la figura de un noble poderoso se hacía necesaria y la mano de hierro de un buen abad que siguiendo las reglas de su fundador dirigía lo que hoy se podría considerar como una empresa multinacional.

TreguierContinuamos hacia Plouguiel donde nos alojaríamos en una casa de campo en pleno bosque junto al estuario del Jaudy (La Roche Rouge). Cenamos en la cercana localidad de Treguier. A las siete de la tarde la población estaba  casi vacía. La ciudad surgió como tantas poblaciones bretonas alrededor de un monasterio del que hoy no queda nada y como tantas poblaciones también sufrió las invasiones normandas siendo destruida y abandonada; Treguier recuperó parte de su esplendor gracias a la agricultura y a la actividad portuaria. Paseamos por sus calles hasta encontrar un pequeño restaurante junto a la plaza de la catedral, mejillones y sidra es algo que no te puedes perder en esta zona.

 Los grandes paisajes.

Perros-GuirecEn Bretaña viajar sin rumbo puede ser un auténtico placer. Costas que desafían la fuerza impetuosa del mar, la magia de las mareas que cambian el paisaje costero cada día, los pueblos antiguos donde parece que vuelves a la Edad Media, sus oscuros y misteriosos bosques del interior guardianes de leyendas que se apoderan de tu imaginación, sus enigmáticos megalitos pero existe una zona que no hay que perderse: la costa de granito rosa entre Perros-Guirec y Trébeurden.

Siguiendo la Corniche Bretonne, una bonita carretera panorámica, se puede llegar al faro de Ploumanach, construído en granito rosa. El faro no es muy alto, unos 15 metros, para llegar a él hay que pasear por el “sendero de los aduaneros”, atravesando una zona de grandes bloques de granito de formas muy curiosas debido a la acción del viento y el agua. La bruma y la luz de la mañana crea tonos espectrales en las rocas y al atardecer el litoral se colorea de rojo oscuro.

Después circulando por carreteras que siguen el recortado perfil de la costa llegamos a Carantec una pequeña estación balnearia que seduce a los veraneantes. Desde aquí se puede llegar hasta la isla de Callot por “el paso de Moutons”, con la marea baja. Es un curioso tramo de “carretera sumergible” y que debe producir una rara sensación circular con la moto entre las barcas que esperan la subida de la marea. El complicado horario de mareas no permitió hacer este tramo ya que la pleamar cubría el camino de asfalto. Una foto al borde del agua es todo lo que pudimos conseguir.

Notre Dame de ChateulinDesde Carantec atravesamos por el interior hacia la región de Chateulín. El sitio es grandioso. El páramo es el paisaje bretón por excelencia, malva por su brezos, amarillo por las aulagas, los bosques del interior parecen impenetrables y además la zona está mucho menos poblada que la costa lo que en conjunto produce la sensación de atravesar espacios vírgenes. Viajamos relajados, el motor de la BMW gira suave, la carretera es entretenida y la luz de la tarde contribuye a hacer de este tramo un recorrido muy bello.

Al entrar en Cháteaulin aparece la impresionante Notre-Dame dominando la plaza del mismo nombre. Bretaña siempre ha sido una tierra mística, sagrada, no hay más que encontrase con sus iglesias, capillas y calvarios.

Nuestro destino estaba cerca de la población de Locronan., en Kerlaz. (Kerioré-Izella)

LocronanLocronan es una población que parece sacada de la Edad Media. Fue construida alrededor de la iglesia dedicada a San Ronan, un santo ermitaño irlandés que buscaba la soledad en esas tierras y cuenta su leyenda que una mala mujer no dejaba de perseguirlo y provocarlo, obligándole a huir.

Es uno de los más importantes lugares de turismo de Bretaña pero a primeros de julio y a las siete de la tarde no había nadie por las calles lo que lejos de ser un inconveniente nos permitió dar un tranquilo paseo por el lugar.

Bretaña es un país que también abre el apetito y es el mejor lugar  donde sientes deseos de comerte un crépe. Encontramos un bello rincón en el pueblo donde cenar y hacer realidad el deseo anterior.

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