La Ruta Polaca (VI y última): de la Provenza a casa. 1


Por Sergio Morchón.

(© de las imágenes y el texto: Sergio Morchón).

Las curvas de la Provenza

Gorges de Daluis

Gorges de Daluis

Roca rojiza a la derecha. Un precipicio descomunal a la izquierda. Una estrecha carretera al frente. No para correr, no es éste el lugar para ello. De pronto, el asfalto se bifurca, y nuestro carril se introduce en las entrañas de la montaña por un angosto y oscuro túnel, mientras que el carril contrario rodea el peñasco perfilando milimétricamente el barranco. Son las Gorges de Daluis.

Eran más de las once de la mañana y aún no habíamos cargado la moto. Es lo que tiene improvisar la ruta del día. Habíamos cambiado el retorno a casa por un día más de nuestra particular aventura. Nos apetecía pasar por algunas carreteras de la Provenza francesa que ya conocíamos, así que alargamos el regreso. Pero un regreso sigue siendo triste, a pesar de llevar días intentando mentalizarme de lo contrario. Supongo que por eso remoloneaba tanto a la hora de partir.

En realidad, los primeros doscientos kilómetros de autopista se pasaron volando. Fue un visto y no visto. Luego vino una carretera con tráfico y sin ningún interés hasta llegar a Demonte . A partir de allí la carretera se encabrita con curvas rapidísimas y ciegas, de esas que ponen a prueba el valor. Durante un tiempo llevé yo el ritmo, pero finalmente preferí que otros moteros locales con más conocimiento de la ruta y menos peso en la moto se pusieran delante.

Lago en un valle escondido, camino a Isola

Lago en un valle escondido, camino a Isola

De camino a Francia la carretera es estrecha, de esas que no caben dos GS con maletas. Tornantis ajustados nos iban subiendo por la falda de la imponente montaña mientas el valle se iba abriendo lentamente a nuestro paso. 1800… 1900… 2000 metros de altura y seguíamos subiendo. Allí encontré otro de mis valles escondidos. Enorme, lleno de pastos, de abetos y de riachuelos que saltaban entre las rocas. Y al final, un lago tranquilo y coqueto donde parar a descansar unos minutos. Luego la bajada hacia Isola, ya en Francia. Se acabaron los tornanti y las chorradas. Ahora tocaban curvas enlazadas, bonitas y amables, de esas que adivinas cómo va a ser la siguiente. Si ayer bailamos vals y rock and roll, hoy tocaba una buena sesión de jazz! Con las de hoy, a buen seguro completé todos los cromos de mi álbum de curvas.

En el parque de Mercantour seguimos haciendo curvas de todo tipo a un ritmo bastante rápido. Comenzamos a subir montañas de un rojo imposible hasta llegar a Guillaumes. Estaban en fiestas, banda de música incluida. Lo que buscábamos era una gasolinera, ya que habíamos llegado hasta allí casi secos. Finalmente encontramos el pequeño surtidor, lo teníamos enfrente de nuestras narices y no habíamos reparado en ella. Desde allí bajaríamos por las maravillosas Gorges de Daluis.

Daluis

Daluis

Quien no conozca las Gorges de Daluis ha de ir a recorrerlas en moto. Junto con las de Verdon y otras carreteras de la zona, son de lo mejorcito que he recorrido. Asfalto impecable, buenas vistas y trazados perfectos. Pero las de Daluis no son para correr. Son para contemplar. Piedra roja, gargantas angostas e inverosímiles, estrechos túneles y precipicios de vértigo. Cada curva, cada salida del túnel hace que una cara de sorpresa se dibuje en tu rostro. Y eso que ya las recorrimos en un viaje anterior muy especial…

Luego volvieron las carreteras para disfrutar, enlazar curvas y sentir cómo la GS hace al instante lo que le ordenas, a pesar de los muchos kilos de equipaje. Insinuar un cambio de trayectoria significa una respuesta segura y automática. Sin duda, es la máquina perfecta para disfrutar de las maravillosas carreteras de la Provenza francesa. Me fascina que sea la misma moto que me sacaba hace apenas unas semanas de las más infectas pistas de piedras de Albania. Sí, me gusta mi BMW, qué le voy a hacer!

Finalmente los quinientos kilómetros del día comenzaron a pasar factura, y durante la última hora, con un asfalto ya bastante peor, solo pensábamos en sobrevivir más que en disfrutar. Botes, rebotes y el sol de frente. Ese era el escenario. Los campos de lavanda a la espera de su particular explosión de color, o ese intenso olor a hinojo nos dieron las últimas energías que necesitábamos para llegar a Manosque, final de la etapa del día.

Las Gorges de Daluis despertaron muchos recuerdos. Hace poco más de dos años realizaba con Belén lo que sería su primer viaje largo. Un fin de semana por la Provenza y la Costa Azul mientras realizaba un reportaje para Solo Moto en una enorme Kawa GTR 1400. Nos encantaron estas gargantas, por eso quisimos volver allí hoy. Nos paramos en los mismos lugares y nos encantó hacer las mismas fotos. Esos recuerdos me hacen ahora sonreír, viendo dónde hemos llegado desde entonces. Yo llegué al Cabo Norte y recorrí los Balcanes. Con Belén llegamos a Estambul y también a la lejana Polonia. Hoy volvemos a estar aquí, recordando lo realizado los últimos años, y soñando con lo que habremos conseguido en los siguientes. Y todo comenzó aquí, contemplando los rojizos desfiladeros de Daluis.

Dos años después...

Dos años después…

 

 Terrassa. Rutinas

En casa

En casa

Click! Un leve giro a la llave de contacto y el motor de la BMW dejó de ronronear. Silencio, solamente ese lejano pitido que se te queda en los oídos tras unas cuantas horas en moto. El cuadro de mandos se apagó y me pareció ver cómo la GS cerraba los ojos para descansar. Habíamos llegado a casa.

Rutinas. Esta mañana fue la última vez que cargábamos el equipaje en la moto. No hacía falta decir nada. Los dos sabíamos qué había que hacer y en qué orden. Como en la natación sincronizada, mientras uno ataba el pulpo el otro cerraba la maleta. Un acto que los primeros días nos llevaba cierto tiempo ahora lo acabábamos en minutos. Cerré con llave la última maleta sabiendo que la próxima vez que la abriera la Ruta Polaca habría finalizado.

Los kilómetros iban pasando e intentaba no aburrirme con algún tonto pasatiempo como mirar las matrículas de los coches que iban a nuestro lado. Alemania, Bélgica, Polonia, Holanda… Sonreí. Habíamos pasado por todos esos países. Ya los tenemos casi todos… También jugué a los colores, como suele hacer Belén. Recuerdo el blanco de los acantilados de Etretat, el verde de los pastos del Tirol, el azul del Lago di Como, el rojo de las montañas de las Gorges de Daluis, el amarillo de los campos de girasoles polacos y también el negro del alma de Auschwitz. Ese es el arco iris que me llevo de esta ruta.

Rutinas. Paramos a comer un crepe en Colliure, como solemos hacer siempre que podemos al acabar una gran ruta. Es otra de nuestras rutinas y me encanta. Es el parón que necesitamos para cambiar el chip. Desde allí solo nos queda hora y media y todo habrá acabado. Es el último respiro.

La moto reposa ya en el parking, casi con lo ojos cerrados. En un mes la he llevado por sitios alucinantes, la he metido por caminos ponzoñosos, la he exprimido en autopistas alemanas y he hecho que bailara en miles de tornantis italianos. Y no se ha quejado ni una sola vez. Esta noche tiene el descanso merecido. Mañana por la mañana volveremos a la rutina. Pero algo será diferente. La arrancaré para irme a trabajar y comenzará una nueva aventura. Porque la aventura no hay que ir a buscarla. La aventura es una actitud que se encuentra día a día.

Muchísimas gracias a todos.

 

 

La Ruta Polaca (VI y última): de la Provenza a casa.
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Un comentario en “La Ruta Polaca (VI y última): de la Provenza a casa.

  • Juanjo-34

    Me ha encantado toda la ruta y tu forma de contarla, vivirla y sentirla. Es el modo de que tengamos ganas de tirar para allá a sentir las mismas sensaciones.
    Gracias por compartirlas con nosotros
    V´ss
    Juanjo