Shetland 2014: Las islas que descansan más allá del horizonte (I)


Por José Ramón Noguerol.
(© del texto y las imágenes: José Ramón Noguerol)

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Con una latitud por encima del paralelo 60, la mayoría de los mapas colocan al archipiélago de las Shetland en un recuadro en algún punto distante de Aberdeen (Escocia), un archipiélago situado donde el mar del Norte se encuentra con el Atlántico.

El viaje.

Iría solo así que el viaje dependía únicamente de mí, tenía total libertad para elegir la ruta o cambiar los planes cada día, pero también era más vulnerable y debía tener especial cuidado con la seguridad y no asumir riesgos innecesarios. Trataría de hacerlo sencillo.

Inglaterra

La bodega del barco habilitada para las motos estaba llena de motoristas ingleses que regresaban después de haber viajado por nuestra costa norte, Francia, Portugal y parte del Mediterráneo. Motos, pilotos y pasajeros de todo tipo.

El barco llegó a Portsmouth después de una placentera travesía y mi plan para lo que quedaba de jornada era avanzar lo más posible y buscar alojamiento por el camino.

Tráfico, mucho tráfico y calor. En el cielo nubes que empezaban a juntarse y a amenazar con descargar todo el agua que llevaban dentro justo encima de mí. Y así lo hicieron.

Llegué hasta Grantham más que nada atraído por las historias del conde Grantham que la serie de televisión Downton Abbey relata. Pura ficción que además no se desarrolla allí. Luego me enteré de que en 1980 fue elegida “como la ciudad más aburrida de Gran Bretaña”, cosas de la BBC. Poco tiempo después del nombramiento abrieron un cine y una bolera.

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Escocia

Al día siguiente salí temprano. Me esperaba Escocia, un territorio donde la naturaleza se manifiesta con toda la grandiosidad de los mundos sin dulcificar por la mano del hombre. Dicen que el mejor modo de sumergirse en el paisaje escocés es caminando o…viajando en moto Entrar en Escocia me cambió el ánimo. Una tierra infinitamente verde, de brumas y lagos, páramos, pantanos y brezales donde los fantasmas de la historia están por todas partes. Fue el dominio de una estructura celta de clanes que tras desaparecer en Irlanda había sobrevivido en las montañas de las Tierras Altas.

Para esa noche tenía alojamiento en el Youth Hostel de Aviemore, una pequeña población en el corazón del Parque Nacional de los Cairngorns muy cercana a la segunda montaña más alta de Escocia, el Ben Macdui donde habita una presencia invisible que intimida a los que por allí se acercan. Es una tierra llena de leyendas y misterios fascinantes.

El albergue era agradable y confortable. Compartía habitación con otras cinco personas pero descansé muy bien, todo el mundo se esforzaba por no molestar a los demás.

Aquí fui consciente de otra de las características de viajar solo. Estás obligado a darte a conocer, ser más espontáneo y a hablar con los extraños.

Las Tierras Altas

Amaneció soleado y partí temprano. Durante toda la jornada me perdería por las carreteras de las Highlands buscando la costa para alcanzar Durnness.

Dicen que es en las Highlands septentrionales donde se halla el alma melancólica de Escocia. Una tierra épica de agreste belleza, neblina, turba, brezo y la bendición del sol que cuando aparece compensa el tiempo de lluvia. Estás allí y lo mejor es disfrutar haga el tiempo que haga.

Visité el lago Ness y el castillo de Urquhart. El lago profundo, oscuro y angosto de 37 km de longitud y la fantástica ubicación del castillo parecen preparados para recibir la visita de esa criatura llamada Nessie.

Desde allí a uno de los lugares más atractivos de las Highlands, el puerto de Ullapool. Aparqué la moto y paseé un rato junto a las fachadas blancas de las casas dispuestas a lo largo del puerto. Encontré un “fish and chips” local y me encargué una buena ración para comerla sentado en uno de los bancos frente al puerto. Un par de gaviotas de buena gana se habrían apuntado al banqute pero no tenía intención de invitarlas.

A partir de Ullapool las carreteras se estrechan, serpentean, remontan collados y se precipitan hacia valles profundos, se suceden los lagos y las montañas se vuelven abruptas. Los pueblos y granjas cada vez se distancian más, se recorren kilómetros y kilómetros sin rastro humano. Conduzco despacio y he levantado la mentonera del casco, quiero quedarme con el aroma de estas tierras. Compartir con alguien la belleza de una ruta es algo que viajando solo no tienes y compartir es muy gratificante.

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La costa Norte

Los 110 km que separan a Ullapool de Durness por carretera es quizás el trayecto más espectacular.

Parece otoño por la presencia de colores en continuo tránsito con fondos verdes, marrones o amarillos, y pinceladas de rojos, grises y azules esparcidos por brezales, estepas, pedregales o pastos. Así son las Tierras Altas.

A media tarde llegué a Durness. Es una población de casas dispersas que se tiende a lo largo de acantilados que se alzan sobre las playas. Tenía reservada esa noche en el albergue que resultó un alojamiento perfecto. No tuve problemas en elegir cama, sólo había otro huésped.

Como las casas están tan separadas no tuve más remedio que coger la moto para explorar Durness. Cuando me acercaba a la playa de Balnakeil a poco más de un par de kilómetros empezó a llover con fuerza. La luz cambiante que la tormenta producía, la arena de la playa, los acantilados de Cape Wrath y Clo Mor al fondo y la tranquilidad del lugar crearon un momento que me será difícil olvidar. Allí estaba yo, viajando con mi fiel RT.

Al día siguiente me levanté temprano, desayuné en el albergue y después de repasar la ruta puse rumbo a John O ́Groats. John O ́Groats es un aparcamiento con puestos para los turistas pero es de esos lugares a los que tienes que ir y hacerte una foto, incluyendo “la oficial” que te hace un amable señor y que previo pago de unas 10 libras te la envía a casa en un par de semanas. Ya la tengo y me resulta simpática.

En Gran Bretaña utilizan la frase “Land ́s End to John O ́Groats” para referirse a cuando alguien va a realizar un largo viaje. De hecho, John O ́Groats es el final de una ruta de 1406 km que parte de Land ́s End en Cornualles, un duro camino para ciclistas y caminantes.

El punto que sí me gustó fue Dunnet Head, el límite norte del Reino Unido. El faro, construido por el abuelo de Robert Louis Stevenson, está sobre los acantilados que caen sobre el estuario de Pentland y desde allí se observan las Orcadas, mi siguiente destino.

Islas Orcadas

Embarqué en Scrabster a última hora de la tarde. La moto quedó perfectamente sujeta en la bodega del ferry, era la única moto que viajaría a bordo. La travesía duró una hora y media y fue muy tranquila a pesar de cruzar el temido Pentland Firth, una de las vías navegables más peligrosas de Europa.

Para llegar a las Orcadas se pueden tomar diferentes ferries, yo elegí la compañía Northlink porque en su travesía pasa junto a una leyenda de las islas, el Old Man of Hoy, una columna rocosa de 137 metros de altura, el orgulloso vigilante de piedra que guarda la costa pero que la fuerza del mar acabará por echar abajo. La luz tan especial del verano de las tierras del norte era perfecta para las fotografías y el Old Man fue la estrella del momento.

El ferry entró despacio en el pequeño puerto de Stromness, un lugar encantador. La calle principal junto a la orilla con sus casitas de piedra produce la sensación de que la población no ha cambiado mucho desde el siglo XVIII.

Al día siguiente tenía toda la jornada para realizar un completo recorrido por la isla principal ya que hasta la noche no embarcaría en el puerto de Kirkwall con destino a las Shetland.

Dicen que las Orcadas es el corazón neolítico de Escocia. Estas islas llanas y verdes a las que el viento ha despojado de árboles albergan antiguos megalitos y poblados prehistóricos que indican que la vida durante la Edad de Piedra fue mucho más refinada de lo que nos podríamos imaginar. Un suelo fértil y un clima suave hicieron de estas islas una tierra de promisión para los colonos neolíticos.

Lugares como Skara Brae, la inquietante Maes Howe, el Ness of Brodgar, las piedras de Stenness y el Ring of Brodgar, el gran círculo de menhires que parecen mirar con desdén a los visitantes.

Pero también hay huellas del pasado más reciente como Scapa Flow, un excelente puerto natural, donde se colocaron las Churchill Barries en 1939. O como Lamb Holm, la capilla italiana construida por los prisioneros italianos que trabajaban en las Churchill Barriers.

Y por último Kirkwall, la población más importante con una calle principal llena de tiendas y serpenteantes callejones “wynds” que le aportan un carácter especial. La catedral de St. Magnus ocupa el puesto de honor.

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60º Norte. Islas Shetland.

El ferry salió de la niebla que esa noche envolvía el puerto de Kirkwall como si fuera un fantasma.

La travesía nocturna dura unas siete horas y lo único que puedes hacer es dormir. Me acomodé en mi “sleeping pod”, una gran butaca reclinable y me venció el sueño rápidamente.

A las 7 de la mañana el barco entró en el puerto de Lerwick. Era un día gris y llovía. Llené el depósito de la moto y tomé la dirección a Scalloway.

Sacalloway es la antigua capital de las Shetland, un pueblo de pescadores donde su principal reclamo es el castillo, un torreón del siglo XV y el monumento dedicado al “autobús de las Shetland” de la 2a Guerra Mundial. Al aproximarte la carretera te ofrece una vista espectacular de la pequeña ciudad y de las islas al sur y al oeste.

Seguía lloviznando pero el rugoso asfalto filtraba bien el agua con lo que la conducción era segura. La BMW siempre se ha mostrado muy fiable en estas condiciones.

Inhóspitos páramos, acantilados escarpados, ondulantes montes verdes y numerosos lagos y ensenadas era el paisaje que iba descubriendo a medida que me adentraba en el lado oeste de Mainland. Había momentos en que la soledad de la carretera me invadía de tal forma que tenía que parar para comprobar que no me había perdido.

Es imposible desestimar la influencia del clima en estos lugares. En los meses de verano, más a menudo que no, hace viento y llueve pero a cambio puedes tener las cuatro estaciones del año en un solo día.

Para llegar al alojamiento tenía que subir hacia el norte y el paisaje cambió. Montes pardos de turba mezclados con verdes pastos que de vez en cuando dejaban espacio a lagos algunos de los cuales parecían adentrase en las gélidas aguas del Mar del Norte.

Al salir de un divertido trazado de curvas me encontré con una tranquila bahía, Lower Voe. Decidí detenerme a tomar un café. El Pierhead Restaurant & Bar resultó un agradable lugar para ralentizar el ritmo del día. Me di cuenta que desde las siete de la mañana casi no había parado y no es que fuera deprisa pues me detenía a hacer fotos, a mirar el paisaje, a comer, a consultar la ruta, pero todo lo había hecho a un ritmo tan constante que no me había permitido sentir la emoción de que alcanzado las Shetland.

El B&B que había reservado está en la isla de granito rojo de Muckle Roe unida a la península de Brae por un puente. El lugar me pareció acogedor y el recibimiento fue muy cordial.

Salí a dar un paseo por los alrededores antes de cenar. La casa está situada junto a un pequeño entrante del mar, Roe Sound en la bahía de St. Magnus frente al Atlántico y como es habitual por estas tierras las poblaciones suelen estar bastante diseminadas por lo que el paseo consistió en caminar por la carretera

disfrutando del paisaje y del “simmer dim”, la suave luz crepuscular que hace el verano de las islas memorable.

El día no dio para más. Dormía en las lejanas Sehtland.

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