La Ruta Polaca (IV): de la sombra a la luz


Por Sergio Morchón.

(© de las imágenes y el texto: Sergio Morchón).

Cracovia, las sombras de la historia

El trabajo os hará libres

El trabajo os hará libres

Subimos la escalera en silencio. Al entrar en la sala una chica salía con los ojos visiblemente húmedos. Estaba emocionada. Y no era para menos. Allí, detrás de una enorme vitrina, se amontonaban miles de viejos zapatos. Cada par de ellos significaba una persona que perdió la vida en el campo de concentración de Auschwitz. Y fueron más de un millón. Bajamos nuevamente dejando pasar a un grupo de personas con semblante serio. Mi mirada se cruzó durante un segundo con la de un señor de mediana edad. Ambos la apartamos rápidamente. Es un lugar incómodo. Me avergonzaba tanto pertenecer a la especie humana que me era imposible mirar a nadie a la cara.

Auschwitz

Auschwitz

La de hoy prometía ser una jornada relajada. Unos trescientos cincuenta kilómetros íntegramente por autovía para llegar temprano a Auschwitz y poder visitar el campo de concentración. Lo cierto es que una autovía polaca no es nada cómoda, ya sufrí este mismo recorrido hace un par de años. Pero lo de hoy fue hasta peor. Ya no habían roderas enormes en el carril de la derecha. Ya no habían semáforos ni pasos de peatones en medio de la autovía. Ya no había repentinas limitaciones a 60km/h que nadie respetara. Lo que había era una caravana enorme. Obras durante ciento cincuenta kilómetros, todos a 70 por hora y sin poder adelantar. Soporífero. Y mortal para nuestro planning del día.

Llegamos a Auschwitz dos horas antes de que cerraran. Hace un par de años ya escribí mis impresiones al visitarlo. Esta vez creía estar curado de espanto. Pero no. Me siguen conmocionando ver las fotos de los que allí sufrieron y murieron y mirarles a los ojos. Me sigue estremeciendo imaginar sus últimos días, sus últimos pensamientos cuando ya sabían a ciencia cierta que morirían. Por mucho que escriba no podría describir lo que allí se respira. Belén y yo nos acercamos a un ventanal del fondo de uno de los pabellones. La ventana estaba abierta. Fuera llovía con ganas. A pocos metros la doble valla electrificada separaba la vida de la muerte. En ese momento me pareció sentir que me invadían mil almas de esos pobres desgraciados, que miraban con anhelo lo poco que podía verse detrás de esas vallas: unas ganas tremendas de vivir.

La flor

La flor

Praga, la ciudad que nunca defrauda

El Puente de Carlos y el Castillo al fondo

El Puente de Carlos y el Castillo al fondo

Parecía que nunca iba a llegar. Las casas aisladas dieron paso a los edificios, de pronto apareció el tranvía y los primeros semáforos. Adoquines en el suelo y bastante gente por las aceras. Estábamos acercándonos al centro y se me comenzaban a poner los pelos de punta. Siempre me asalta una sensación extraña cuando llego en moto a algún sitio donde ya estuve anteriormente por otros medios. Una sensación como de conquista. ¡Habíamos conquistado Praga!

MaryPomppins y DrJaus

MaryPomppins y DrJaus

Dice un proverbio japonés que un hombre con dos relojes nunca sabe qué hora es. Yo podría decir que un viajero con dos GPS sabe dónde está pero no hacia dónde irá. Por cosas que pasan perdí el track de la etapa de hoy en el Garmin, así que cargué con la wifi del hotel los mapas en el iPhone y decidí seguir la ruta que me sugería. Salimos de Cracovia y en menos de cinco minutos estábamos ya metidos en una autopista. Bueno, no era tan mala idea, teniendo en cuenta que había más de quinientos kilómetros hasta Praga y que debíamos llegar a una hora prudencial para poder visitarla.

Lo que no contaba es que la autopista fuera de peaje. Tampoco era tan cara, algo más de un euro al cambio. El problema lo tuvo la señorita de la garita con mi tarjeta. Al parecer se equivocó en el importe y la devolución requería de autorizaciones varias. Así que comenzó llamando por teléfono y acabó saliendo de la garita hacia las oficinas de control. Y mientras nosotros esperábamos y esperábamos formando una cola que comenzaba a tener dimensiones considerables. Finalmente acudió la supervisora, autorizó la devolución y nos cobró el importe correcto. En total, diez minutos. Lo que esperaba ganar yendo por la autopista de momento lo estábamos perdiendo.

Cielo checo

Cielo checo

Entramos en la República Checa por la aduana más fantasma que he cruzado nunca. De hecho no vi ni un triste cartel indicador. Solamente el cambio en las matrículas de los coches y en la tipografía de las señales me hicieron darme cuenta de que estábamos ya en otro país. (Sí, yo soy de los que se fija en el tipo de letra de los carteles indicadores). Comenzaba nuevamente una autopista donde al parecer es necesaria la viñeta de peaje para circular. Así que paramos en la primera gasolinera para comprarla. La grata sorpresa fue que las motos no necesitan esa pegatina. Así que seguimos viento en popa hacia Praga.

Al poco rato, hartos de autopista, decidimos seguir las indicaciones que llevaba en mi roadbook. A pesar de llevar dos GPS, me fío siempre más de lo que he trabajado y apuntado en el roadbook. Y la verdad es que excepto dos errores de bulto durante este viaje, nos ha llevado siempre a la perfección. Otra cosa es que sea mucho más cómodo seguir la flechita del Garmin cuando entramos en las ciudades, pero para la ruta sigue yendo de fábula.

Osario de Kostnice

Osario de Kostnice

Tengo por costumbre desde hace unos años ver el documental “La vuelta al mundo con Ewan McGregor” (The Long Way Round) cuando comienza el verano. Uno de los lugares por los que pasan es el Osario de Kostnice, una de esas capillas donde se amontonan miles de huesos y calaveras formando grotescas lámparas y objetos decorativos de dudoso gusto. Esbocé una sonrisa espontánea cuando me vi en el mismo lugar en el que Ewan McGregor y Charlie Boorman bromeaban y se sorprendían de la extraña decoración. Lo cierto es que había plasmado ese punto en el roadbook justo después de ver el documental nuevamente el mes pasado. Tengo predilección por visitar lugares curiosos que he visto en la tele o en alguna foto. Me encanta saber que estoy en esos mismos lugares con los que yo me quedaba boquiabierto en la comodidad del sofá de piel blanco de mi casa.

Praga

Praga

Y por fin llegamos a Praga. La ciudad que nunca defrauda. Siempre impresiona. Sus elegantísimas torres rematadas en afilados tejados de pizarra que desafían las leyes de la gravedad, el negro intenso de sus piedras, el inigualable paseo por el puente de Carlos al anochecer mientras allá al fondo el castillo y la catedral comienzan a iluminarse… Es imposible no enamorarse de Praga. Había estado allí otras veces, pero era la primera vez que llegaba en moto. Y es que llegar en moto cambia la manera de percibir las cosas. Es la sensación de conquista, de haber llegado allí casi por tus propios medios. Es dejar de lado la irrealidad de coger un avión y teletransportarte. Es notar que saliendo desde mi casa puedo llegar a casi cualquier lugar del planeta siguiendo una simple carretera. Es saber que ponga donde ponga la chincheta en el mapa de mi despacho puedo llegar en moto solamente con proponérmelo. Es sentirte el dueño del mundo.

Würzburg, la cuenta atrás

Praga

Praga

Hacía poco que habíamos atravesado la frontera. A veces solo lo notas cuando cambia el idioma de los letreros de las tiendas y el tipo de señales de tráfico. Pero no me esperaba una señal así. Y no era la primera que veía. Hace unas semanas tuve que ir hasta Kosovo para ver unas así. Pensaba que eran unas rarezas, pero no. En Alemania también tienen señales para tanques. Igual es que están pensando en otra invasión. Aunque yo pensaba que la invasión germánica del siglo XXI consistía en ir “rescatando” países…

Tanques

Tanques

Salimos de Praga remoloneando. No queríamos irnos de esa ciudad tan atrayente. Visitamos en moto algunas cosas que quedaban por ver, así que fue a eso de las once y media cuando salíamos de la ciudad tras una pequeña llovizna, para no perder la costumbre. En principio no hay mucho que contar de la ruta, unos cuatrocientos kilómetros por carretera. La República Checa no destaca en esta zona por unos grandes paisajes, pero si que vimos diversas ciudades que podrían ser visitables. No lo descarto para hacerlo en otra ocasión con más profundidad.

Y entramos en Alemania. Pocos kilómetros antes el paisaje ya había cambiado. Aparecieron las colinas de praderas verdes y tupidos bosques de abetos. Y las curvas. Echaba de menos trazar con precisión las curvas que iban serpenteando entre árboles y prados. Eso me alegró el alma que hoy estaba un poco sombría. Llega un día en que lo que antes era excepcional ahora es casi rutinario. Ya no te sorprendes del paisaje, ni de las casas ni de los estrafalarias vestimentas pasadas de moda de la gente. Cuando comienzas a asimilar como normal todo lo extraño, la intensidad del viaje disminuye. Y eso me hace pensar en el retorno.

Würzburg

Würzburg

Cuando en tu maleta prácticamente no hay otra cosa que ropa sucia, cuando cada mañana cuentas los días que quedan para regresar en lugar de los que llevas de ruta, cuando en el horizonte comienza a aparecer la rutina del día a día en el trabajo, necesitas un estímulo que te haga salir de esos pensamientos negativos. Llegando a Bamberg, un único rayo de sol iluminó una de esas lejanas praderas entre abetos. Era un verde mágico, de esos que te llenan la retina de sensaciones. Me iluminó. Era la señal para pensar en los maravillosos cuatro días en buena compañía que quedaban. Y había que disfrutarlos al máximo. No serían un mero regreso a casa o una cuenta atrás hacia la monotonía de la vida diaria. Esos cuatro días tienen la suficiente entidad para ser un gran viaje por ellos mismos. ¿Habéis oído hablar de la Romantische Strasse? Trescientos cincuenta kilómetros de pueblecitos bávaros y paisajes increíbles. ¿Y de Liechtenstein? Uno de los países más pequeños de Europa ¿Y del Splügenpass? Quizá la serie de tornanti más simétrica de los Alpes ¿O del Lago di Como? Posiblemente el rincón de Italia más tranquilo y glamouroso. Y es que en este viaje no hay cuenta atrás que valga.

La Romantische Strasse

Romantische Strasse

Romantische Strasse

La carretera serpenteaba entre verdes colinas. Un asfalto impecable, unas curvas nobles y amables. De repente, al pasar una loma el paisaje me dejó sin aliento. Un giro a la derecha colocó a nuestra izquierda los majestuosos Alpes con el espectacular castillo de Neuschwanstein a sus pies. Y a nuestra derecha el sol intentaba colar sus últimos rayos entre un girón de las escasas nubes. Yo no sabía dónde mirar. Habíamos recorrido los trescientos cincuenta kilómetros de la Romantische Strasse. Era un buen final.

Rothenburg

Rothenburg

Amaneció un precioso día para ir en moto. Sol, temperatura agradable y una carretera que se mostraba excepcional para pasar el domingo. La Romantische Strasse recorre Alemania desde Würzburg hasta Fussen, ya al borde de los Alpes. También lo pensaron así cientos de motoristas que en una dirección u otra nos encontramos el ruta. Desde estridentes superdeportivas hasta maravillosas reliquias de hace cuarenta años. Y descapotables, muchos descapotables. Nadie quería perderse este maravilloso día de domingo.

La ruta está perfectamente señalizada con unos carteles marrones que indican cualquier cambio de carretera. Pero no está de más llevar apuntados los pueblos de paso, porque en algunas grandes ciudades es fácil perderse y encontrar la ruta de salida. Las primeras paradas fueron en pueblos que no mostraban nada especialmente interesante, cosa que puede llegar a desencantar. Plazas coquetas, callejuelas interesantes pero no demasiado… Pero no nos desanimamos, solamente era el comienzo. Así como sin quererlo paramos en Rothenburg y la cosa cambió. Tras pasar la muralla por una vieja puerta te reciben cientos de casitas con afilados tejados, todas primorosamente pintadas y con geranios adornando los balcones. Allá donde mires todo es de cuento. Carteles de hierro forjado con adornos dorados anuncian cada hotel y cada tienda, mientras que el nombre del establecimiento aparece pintado en las fachadas con una pulcra letra gótica. Tiendas de detalles con buen gusto, apetecibles restaurantes y cervecerías… Es con diferencia el mejor lugar de la ruta para realizar una parada. Muy recomendable.

Rothenburg panorama

Rothenburg panorama

La ruta va transcurriendo sin especial interés por lo que al trazado se refiere. Excepto algún tramo con algunas curvas, el resto es bastante recto y anodino. Pero no por ello los alemanes dejan de recorrerla en moto. Lo cierto es que casi no hacía falta seguir los carteles indicadores. Simplemente te dejabas llevar por el reguero inacabable de motos y descapotables. No hay pérdida. Paramos a comer en Harburg, a orillas del río y cerca del puente de piedra, frente al castillo. Las campanas de la iglesia cercana rivalizaban con el chapoteo de los niños que intentaban atrapar a los patos, que se mantenían a una distancia prudencial. ¿Qué mejor sitio para un picnic?

Harburg

Harburg

La Romantische Strasse sigue sin pena ni gloria hacia el sur, adentrándose en Baviera. A partir de Schongau la cosa cambió. Los dorados campos de cereales en plena cosecha se transformaron en inmensas praderas de hierba fresca. Aparecieron los bosques de abetos y el sol comienza su particular exhibición de tonos rojizos en el horizonte. El castillo de Neuschwanstein apareció al pie de las montañas, mientras que los primeros picos alpinos comenzaban a tomar protagonismo. Después de doce días eran prácticamente las primeras montañas, y realmente nos alegraron la vista. Llegamos al hotel casi de noche, con muy poco tiempo para encontrar un lugar para cenar. Pero no importaba. Habíamos recorrido de principio a fin una ruta mítica.

La vaca bávara

La vaca bávara

No creo equivocarme al decir que la Romantische Strasse está sobrevalorada como ruta motera. De trescientos cincuenta kilómetros me quedo con los cuarenta últimos. De los pueblos y ciudades que pasa, quizá destacable de verdad sea solamente Rothenburg. Los paisajes no son nada del otro mundo si volvemos a exceptuar los últimos kilómetros. Pero tiene un excepcional marketing. Primorosamente indicada, eficazmente anunciada y con gasolineras, hoteles y restaurantes disponibles en cualquier punto. En España tendríamos cientos de rutas quizá mejores que ésta. Pero el turismo de carretera sigue en pañales en nuestro país. Afortunadamente no nos faltan buenos moteros que impulsen esas maravillosas rutas por la península. Pero aún nos falta mucho por aprender.

Quedan dos días de ruta y tres días de vacaciones. Algo no cuadra. Para encajarlo tengo dos opciones: o comenzar a trabajar un día antes o… Sí, habéis acertado. La Ruta Polaca se alargará un día más. Las carreteras de la Provenza francesa tienen la culpa. Pero eso será otro día.

Toda La Ruta Polaca publicada.

 

La Ruta Polaca (IV): de la sombra a la luz
5 (100%) 3 votes

Deja un comentario